Por José Manuel Rueda Smithers
Gobernar sobre el cansancio y la urgencia
Hay gobiernos que apuestan al futuro, otros que administran el presente
y los que han descubierto una fórmula más eficaz:
gobernar sobre el cansancio y la urgencia.
Nota del autor.
Ni metáfora ni exageración retórica. Es una estrategia política tan silenciosa como funcional.
El gobierno de México parece haber entendido algo clave: las mayorías no viven el tiempo de reflexión, sino el tiempo corto de la supervivencia. Pensar requiere calma, distancia y energía; sobrevivir, en cambio, consume todo.
Cuando una persona está preocupada por pagar la renta, conseguir medicinas, mantener un empleo precario o simplemente “llegar al día siguiente”, el análisis político se vuelve un después. No porque falte inteligencia, sino porque sobra agotamiento.
No mires alrededor, concéntrate en lo inmediato. Lo que ocurra con el vecino, con la comunidad o con el país entero puede esperar, a menos que toque directamente la puerta propia. No es indiferencia moral; es autoprotección emocional. Gobernar sobre esa lógica resulta extraordinariamente rentable.

Cuando surgen denuncias sobre el deterioro del sistema de salud, la falta de medicamentos o la precarización de la educación pública, la respuesta no suele ser estructural. No hay planes claros, calendarios verificables ni metas medibles. Se acusa a los medios, se desacredita al mensajero, se habla de campañas de desprestigio. La reacción sustituye a la acción.
Lo mismo seguridad pública. Los indicadores contradicen el relato oficial, pero insisten en avances, control y éxito. No para convencer al especialista ni al analista, sino para tranquilizar al ciudadano exhausto. El mensaje no es “esto es verdad”, sino “no te preocupes, no pienses en esto”. La repetición constante genera ruido; el ruido cansa; y el cansancio paraliza.
Apuestan a la fragmentación social. Cuando el discurso público fomenta la comparación constante –antes estábamos peor– se diluye la empatía y se debilita la solidaridad. La inconformidad ajena se percibe como exageración, la exigencia como ingratitud. La envidia funciona como anestesia colectiva. Está enquistada en nuestra casa.
Definitivamente es una estrategia electoral, pero no en el sentido clásico de prometer más o convencer mejor. Es más sofisticada: no mover nada. Apostar a que el hartazgo se vuelva costumbre, que la indignación sea cinismo y pensar parezca innecesario. No se le pide al ciudadano que participe; se induce a que resista. Se le invita a agradecer lo poco.
No es que el gobierno confíe en la ignorancia del pueblo, sino en su desgaste en su cansancio. Cuando la política deja de aspirar a la conciencia, se limita a administrar el agotamiento social, la democracia se vacía. El voto deja de ser reflexivo y se convierte en simple reflejo.

El mayor riesgo no es la continuidad de un proyecto político, sino la normalización de la urgencia como forma de vida. Porque una sociedad cansada no se organiza, no cuestiona y no imagina. Solo sobrevive. Y gobernar sobre eso, más que una victoria política, es una derrota colectiva que suele pasar desapercibida… hasta que ya es demasiado tarde.
Hay un gobierno que engaña. No porque oculte la verdad de forma burda, sino porque apostó al cansancio social convencido de que ya no hace falta convencer a nadie. Le bastó con sustituir la conciencia por urgencia, la reflexión por consigna y la exigencia por resistencia cotidiana.
Pero estamos en el momento preciso para hacerlo notar. Porque la historia no será indulgente con quienes tuvieron una oportunidad invaluable y prefirieron administrar el agotamiento antes que construir futuro.
Gobernar desde el cansancio puede ser eficaz solo en el corto plazo, pero sus consecuencias quedan selladas para siempre. En ese juicio tardío pero implacable, -se escriben o se borran- las letras con las que un país recuerda a sus gobernantes.


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