Por José Manuel Rueda Smithers
Cuando la mayoría se cree eterna
Toda mayoría política corre el riesgo de confundirse a sí misma con el país. Así, la democracia deja de ser un sistema de equilibrios y se convierte en una simple maquinaria de confirmación del poder (de otros).
Así pasó con el intento fallido de reforma electoral impulsado por el gobierno federal en el Congreso de la Unión.
Durante meses, la narrativa oficial insistió en que la reforma era inevitable. Se habló de ella como si fuera una exigencia histórica, una deuda democrática, casi una corrección moral del sistema político mexicano. Sin embargo, cuando llegó el momento de la votación, la realidad parlamentaria recordó algo elemental: las reformas constitucionales requieren algo más que entusiasmo ideológico.
Requieren acuerdos.
Y ahí apareció el primer error político.
En su momento de mayor confianza, el bloque gobernante actuó como si sus aliados fueran piezas de trámite. La operación política fue, por decir lo menos, torpe. Textos confusos, negociaciones incompletas y una conducción parlamentaria más preocupada por imponer que por persuadir.
El hecho exhibió algo más profundo que una derrota legislativa: mostró la tentación de construir sin contrapesos.
El problema no era solamente técnico. En diversos borradores y discursos se insinuaba un rediseño electoral que debilitaba a la oposición y concentraba el control institucional en una sola mano. Dicho sin rodeos: el tipo de arquitectura política que suele verse cuando un movimiento decide que ya no quiere competir, sino administrar el poder indefinidamente.
La historia latinoamericana está llena de esos momentos. Líderes que llegan con legitimidad democrática y que, una vez instalados en el poder, rediseñan las reglas para que la competencia deje de ser realmente competitiva.
Más que novedad histórica es una tentación permanente de poder.
Por eso la derrota legislativa produjo algo más que incomodidad. Dentro del propio oficialismo circulan versiones de molestia en los niveles más altos. Como ocurre en cualquier sistema político altamente centralizado, los errores parlamentarios rara vez se interpretan como simples fallas tácticas; suelen convertirse en motivos de reproche, ajustes de disciplina o silenciosas vendettas burocráticas.

Nada extraordinario, solo parte del funcionamiento del poder.
La reforma fallida no significa necesariamente que desaparezca la intención de modificar el equilibrio electoral. La política no abandona objetivos; cambia de método.
Hoy las herramientas son otras: el discurso permanente desde el poder, la propaganda institucional que acompaña cada programa social, la narrativa que convierte cualquier crítica en una conspiración conservadora, y la descalificación preventiva de cualquier liderazgo que intente construir una alternativa política.
No se trata únicamente de ganar elecciones, sino moldear el clima político en el que esas elecciones ocurren.
Por eso la tarea de analistas, periodistas y ciudadanos no es celebrar una derrota legislativa como si fuera punto final. En realidad, apenas es una pausa en una disputa más larga sobre el tipo de democracia que México quiere conservar.
Las democracias no se deterioran de un día para otro. Se erosionan lentamente, entre discursos que simplifican la realidad, mayorías que se sienten moralmente superiores y oposiciones incapaces de organizar una alternativa creíble.
México, además, enfrenta un problema adicional: una sociedad fragmentada, cansada y profundamente desigual. En ese terreno, la política de beneficios inmediatos suele ser mucho más eficaz que la construcción paciente de instituciones.
La pregunta final, entonces, es inevitable.
¿Puede salvarse la vida política de un país disperso y necesitado?
Sí. Pero no con discursos triunfalistas ni con oposiciones decorativas. Las democracias sobreviven cuando existen ciudadanos atentos, prensa crítica y liderazgos capaces de entender que gobernar no consiste en repetir consignas, sino en administrar con responsabilidad el poder que la sociedad les prestó.
Porque cuando una mayoría comienza a creer que ese poder le pertenece para siempre, la democracia deja de ser un sistema político.
Y comienzan las derrotas al creer en espejismos .


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