Por Abel Trejo Valtierra
En México, hoy, la muerte no solo es biológica.
Se administra.
No ocurre únicamente por la evolución natural de una enfermedad. Ocurre por decisiones. Por omisiones. Por un sistema que dejó de funcionar como red de protección y comenzó a operar como filtro: quien puede pagar, sobrevive; quien no, espera… y muchas veces, pierde.
Esa es la realidad que nadie quiere decir en voz alta.
Porque incomoda. Porque exhibe. Porque rompe el discurso.
Pero es la verdad.
Hoy, en México, hay pacientes que no mueren por cáncer, por infecciones o por enfermedades crónicas.
Mueren porque no hubo medicamento.
Mueren porque no hubo cama.
Mueren porque el sistema llegó tarde.
O simplemente… no llegó.
Y eso no es un accidente.
Es consecuencia.
Durante los últimos años, el sistema de salud fue intervenido sin una transición real. Se desmontaron estructuras sin construir alternativas funcionales. Se centralizaron decisiones sin garantizar distribución. Se prometió eficiencia mientras, en campo, la realidad se fragmentaba.
El resultado no está en los informes.
Está en los pasillos de los hospitales.
Médicos improvisando tratamientos con lo disponible.
Pacientes comprando insumos básicos fuera del sistema.
Familias endeudándose para cubrir lo que debería ser un derecho.

Y una narrativa oficial que insiste en que todo está bajo control.
No lo está.
El problema ya no es técnico. Es ético.
Porque cuando el Estado no garantiza acceso a la salud, no solo falla como gestor. Falla como garante de vida. Y cuando esa falla se vuelve sistemática, deja de ser una deficiencia para convertirse en una forma de violencia institucional.
Silenciosa. Progresiva. Normalizada.
Pero hay otra herida que crece dentro del propio sistema.
Hoy, muchos médicos residentes están siendo formados en un modelo que privilegia el expediente sobre el paciente. Médicos de notas, no de cuerpos. Médicos de protocolos, no de almas. Profesionales entrenados para llenar sistemas, cumplir indicadores y sostener métricas… pero cada vez más distantes del contacto humano que define la medicina.
No es culpa individual. Es diseño.
Guardias interminables, presión administrativa, sistemas que exigen más registro que presencia clínica. El resultado es una generación que aprende a sobrevivir en el sistema, no a ejercer plenamente la medicina.
Y cuando el médico pierde el tacto, el paciente pierde algo más que atención.
Pierde dignidad.
Nos acostumbramos.
Nos acostumbramos a escuchar “no hay”.
Nos acostumbramos a diferir lo urgente.
Nos acostumbramos a que la consulta sea rápida, distante, fragmentada.
Nos acostumbramos a que la salud pública deje de ser prioridad.
Ese es el punto de quiebre.
Porque cuando la sociedad se acostumbra a la falla, la falla deja de ser excepción y se convierte en política.
Hoy, México enfrenta algo más grave que una crisis sanitaria.
Enfrenta una crisis de responsabilidad… y de sentido.

Enfermedades prevenibles regresan.
Coberturas de vacunación son irregulares.
Hospitales operan al límite estructural.
El personal de salud está agotado, expuesto y, muchas veces, deshumanizado por el propio sistema.
Y, aun así, el discurso se mantiene intacto.
Como si repetir que todo funciona fuera suficiente para que funcione.
No lo es.
En salud, el costo de mentir no es reputacional.
Es humano.
El argumento de que “antes también pasaba” no es defensa. Es confesión. Porque implica que el problema nunca se resolvió… y ahora, además, se profundizó.
Aquí no hay matices.
Cuando un niño no recibe tratamiento, alguien falló.
Cuando un paciente oncológico interrumpe su terapia, alguien falló.
Cuando un hospital no tiene lo básico, alguien decidió que no lo tuviera.
Cuando un paciente es tratado como expediente, alguien aceptó que así fuera.
Y esa cadena de decisiones tiene responsables.
Aunque nadie los nombre.
El sistema de salud no se colapsa solo.
Se abandona.
Y el abandono, en política pública, no es neutral. Tiene consecuencias directas. Medibles. Contables en vidas.
México no necesita más discursos. Necesita asumir que el problema existe. Que es estructural. Y que no se corrige con narrativa, sino con ejecución real… y con humanidad.
Porque al final, todo se reduce a una pregunta brutalmente simple:
Cuando llegue el momento crítico —cuando la enfermedad deje de ser estadística y se vuelva personal—, ¿qué sistema te va a recibir?
Hoy, la respuesta es incómoda.
Porque en México, enfermarse ya no solo implica luchar contra la enfermedad
Implica enfrentarse a un sistema que, en demasiados casos, ya decidió no estar.
Y entonces, la pregunta deja de ser política.
Se vuelve existencial.
¿Quién vive… y quién simplemente no alcanza a ser atendido?


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