Cultura Impar
José Manuel Rueda Smithers
La política como personaje
Lo que vivimos hoy, es en realidad una forma de ver cómo:
- El poder no siempre se ejerce: a veces se interpreta.
Los funcionarios no funcionan. Los políticos hablan, pero no dicen.
Los votantes votan, pero no eligen. Los medios de información desinforman.
Los centros de enseñanza enseñan a ignorar. Los jueces condenan a las víctimas…
Fragmento del poema El Sistema, de Eduardo Galeano
La Cultura impar empieza con un caso que no por fuerza ocupará el resto del texto de ahora. Pero ¡ahhh! Cómo se acomoda bien: el caso de Donald Trump.
Por una parte importante, el error es decir que su comportamiento público suele explicarse de manera simplista como impulsividad o contradicción. Sin embargo, hay otra lectura posible: no se trata de múltiples personalidades, sino de una sola lógica que adopta distintos papeles según el escenario.
No cambia de carácter: cambia de escena.
Frente a su equipo cercano, frente a periodistas que lo acompañan en sus giras o frente a mandatarios de otras naciones, el registro varía, pero el eje permanece. La constante no es la inestabilidad, sino el control del foco. En política, quien define la atención, define también el margen de poder. Descalifica al periodista para controlar la nota.
Ya lo escribimos alguna vez, NO es improvisación, es método. La provocación desplaza la conversación; la confrontación redefine la agenda y la tensión mantiene la atención. Cada reacción genera visibilidad, y cada visibilidad refuerza el control del relato. En ese esquema, el contenido importa menos que el impacto.
Y en política, controlar la conversación en estos tiempos es una forma de controlar el poder. Sumar likes importa más que los contenidos.
Por eso confronta, interrumpe, descalifica o exalta. No siempre como reacción, sino como parte de una lógica de exposición constante. La política deja de ser únicamente un ejercicio institucional para convertirse en una puesta en escena permanente, donde el mensaje no solo importa por lo que dice, sino por el efecto que produce.

Esto explica por qué incluso figuras de peso en su entorno han terminado desplazadas. No necesariamente por incapacidad, sino porque en un modelo donde el poder se personaliza, no hay espacio para otros centros de gravedad. El protagonismo no se comparte: se administra.
Con los medios ocurre algo similar. La relación no es de interlocución, sino de tensión calculada. El periodista deja de ser un mediador de información para convertirse en parte del escenario. La confrontación no es un accidente: es un recurso.
Y en el plano internacional, la lógica se mantiene. Más que construir relaciones estables, el objetivo se convierte en dominar la narrativa del momento. El resultado es una diplomacia menos predecible, pero más visible; menos institucional, pero más personal.
Todo esto puede parecer caótico. Pero no lo es del todo. Responde a una forma de entender el poder en la que la coherencia no está en las posiciones, sino en el personaje que las emite.
Ahí está la clave.
No estamos frente a un líder con múltiples rostros, sino frente a uno que ha entendido que, en la política contemporánea, ser percibido puede ser más importante que ser consistente.
El problema es que los países no se gobiernan desde la percepción.
Se gobiernan desde decisiones que resisten el paso del tiempo, no solo el impacto del momento. Por eso se reciclan tanto los políticos, porque saben cómo acomodar las decisiones a “nuevos” tiempos.
Y cuando el poder se ejerce como actuación, siempre queda una duda de fondo:
Si detrás del personaje hay un gobierno…
o sin saberlo, es solo un actor que nunca abandona el escenario.


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