Por: Venecia
Mucho antes del poder, de Los Pinos y de las decisiones que marcaron a México, en una casa de la colonia Narvarte ocurrió un hecho que con los años se convertiría en uno de los episodios más incómodos de la historia política nacional.
Era 18 de diciembre de 1951. En el interior de una vivienda familiar, dos niños jugaban sin supervisión. Eran Carlos Salinas de Gortari y su hermano Raúl Salinas de Gortari, de apenas tres y cinco años de edad.
En la casa había un rifle calibre .22 cargado.
El juego terminó en tragedia cuando el arma se disparó. La bala impactó a Manuela, una trabajadora doméstica menor de edad que se encontraba en el domicilio. Murió casi de inmediato.
Las autoridades de la época investigaron el caso y lo clasificaron como homicidio accidental. La edad de los niños cerró cualquier posibilidad de responsabilidad penal. Nunca se determinó oficialmente quién accionó el gatillo. El expediente quedó archivado. El silencio se impuso.
Durante décadas, el episodio permaneció fuera del debate público. No apareció en discursos oficiales ni en biografías autorizadas. Solo resurgió años después, cuando Carlos Salinas ya era una de las figuras más poderosas del país y el pasado comenzó a revisarse con otros ojos.
El caso no tuvo consecuencias legales posteriores. No hubo procesos reabiertos ni sentencias ocultas. Pero la historia quedó ahí, flotando como una sombra persistente: un recordatorio de cómo ciertos hechos, aun documentados, pueden desaparecer del relato público cuando el poder crece.
Hoy, más de setenta años después, el disparo sigue siendo parte de una memoria incómoda. No como un crimen impune en términos jurídicos, sino como un episodio que muestra cómo el origen de algunas figuras públicas está marcado por silencios que nunca terminan de cerrarse.


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