✍🏻 Abel Trejo Valtierra
Hay una forma cómoda —y funcional para el propio sistema— de explicar los errores, el desgaste y la deshumanización en la práctica médica: reducirlos a fallas individuales, falta de vocación o problemas de actitud.
Ese relato tiene una ventaja política evidente: desplaza la responsabilidad.
Pero ya no alcanza.
Lo que hoy ocurre en hospitales y consultorios en México no es una suma de malas decisiones aisladas ni un problema de “actitudes personales”. Es el resultado de un modelo nacional que durante años normalizó operar desde el límite, convirtió el desgaste en requisito de permanencia y el silencio en condición para avanzar dentro del sistema.
No se trata de mala fe. Se trata de diseño institucional.
Formación médica bajo presión: el agotamiento como política no escrita
Durante décadas, la formación médica incorporó jornadas prolongadas, presión constante, miedo al error y tolerancia al abuso como parte “natural” del oficio. No fue accidental. Fue funcional.
El mensaje fue consistente: el sistema no se cuestiona; quien debe adaptarse es el médico.
Se privilegió la resistencia por encima del criterio clínico, la obediencia por encima del análisis y la productividad por encima del cuidado. Quien cuestiona es incómodo; quien aguanta, progresa. Desde el punto de vista técnico, esto produce entornos de alto riesgo clínico: profesionales exhaustos, supervisión limitada y decisiones tomadas bajo fatiga crónica.
La vivencia ciudadana: cuando el deterioro se vuelve experiencia cotidiana
El ciudadano no necesita conocer el diseño institucional para padecerlo.
Consultas de minutos.
• Trato distante
• Explicaciones mínimas
• Decisiones apresuradas
La respuesta pública suele señalar una supuesta “falta de empatía” del médico. Esa explicación vuelve a ser funcional: individualiza el problema y protege al sistema. Un sistema que exige sin cuidar forma profesionales operativamente útiles, pero emocionalmente erosionados. Y esa erosión se refleja directamente en la atención que recibe la población.

Administración sobre clínica: el desplazamiento silencioso del cuidado.
En la práctica diaria, el acto médico ha sido desplazado por el cumplimiento administrativo, la gestión de indicadores y la contención de riesgos legales.
Documentar se vuelve más urgente que escuchar.
Cerrar expedientes, es más importante que pensar.
Esto genera iatrogenia organizacional: no por mala praxis individual, sino por decisiones condicionadas por tiempo, presión y miedo a la sanción. El análisis clínico profundo se vuelve un lujo incompatible con el ritmo impuesto.
Seguridad del paciente: castigar errores sin corregir causas
Cuando ocurre un evento adverso, la reacción institucional es predecible: encontrar responsables, sancionar y cerrar el caso.
Ese enfoque administra la crisis, pero no previene su repetición.
Lo que rara vez se revisa es la cadena completa que precede al error: turnos prolongados, ausencia de acompañamiento, jerarquías punitivas, miedo a pedir apoyo y una cultura que confunde resistencia con profesionalismo. Hablar de calidad y trato digno sin atender estas condiciones es una simulación institucional.

Un problema estructural de salud pública
Este patrón no pertenece a un hospital ni a una región. Se repite en el sistema público y privado, en distintos niveles de atención y en todo el país. Por eso no es un problema local ni coyuntural. Es estructural y, por tanto, político.
No se corrige señalando individuos, sino revisando incentivos, modelos de formación, esquemas laborales y culturas organizacionales que hoy siguen produciendo desgaste como norma.
Cierre político: el costo de no corregir el diseño
El problema no es desconocido. Lo que resulta alarmante es su tolerancia.
Cada vez que se explica un error sin revisar su origen, se posterga la corrección y se normaliza el daño. Cada vez que se exige “vocación” sin ofrecer condiciones, se traslada el costo del sistema a médicos y pacientes por igual.
Un sistema de salud que se niega a revisar cómo forma, evalúa y sostiene a quienes atienden y no administra estabilidad: administra la siguiente crisis sanitaria.
Y esa crisis no será técnica. Será social, política y ética.
Porque cuando el diseño produce desgaste, el deterioro no es una anomalía: es el resultado esperado.


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