Opinión

Hablar de México sustituye a gobernarlo | Cultura Al Día

Cultura impar

Por José Manuel Rueda Smithers

Lo que se dice no siempre gobierna lo que se vive.

Nota de este autor

Esta vez quiero meterme en una divagación (tal vez poco efectiva, pero que invite a pensar). Desde hace tiempo vivimos atrapados entre discursos que prometen y realidades que resisten. Entre cifras que tranquilizan en conferencias y angustias que no se esconden en la mesa familiar. Entre lo que se dice y lo que se siente hay una distancia que ya no se mide en kilómetros, sino en cansancio.

¿Cómo México, un gran país, se debate entre los dimes y diretes en torno de dos temas fundamentales?

Por un lado, el no crecimiento económico que los gobiernos, federal y estatales tratan de esconder, pero en los municipios y en las familias, se siente en la sobrevivencia diaria. 

A esto hay que sumarle que Incluso, el secretario de Economía de México, Marcelo Ebrard Casaubón, viaja de un país a otro, tratando de sacar alguna ayuda o inversión, sin que realmente logre nada concreto. Eso sí, gasta mucha, muchísima saliva en explicar a los medios de todos lados que su trabajo rinde frutos.

El otro tema, es el de la inseguridad que se extiende incontenible aprovechando el miedo de la gente, que incluso, empieza a entender que cada uno, simple mortal, puede violar las leyes y gritar para que no se le castigue. 

Los grupos delictivos de manera estratégica escogen municipios importantes de cada entidad para hacer ruido, mientras golpean en zonas que sí duelen a la sociedad y al gobierno.

¿Los medios pueden hacer algo serio para abrir los ojos en este sentido? ¿Cómo no perderse en la vaguedad de las ideas sueltas?

Todo se desenvuelve al margen de la distancia que se marca entre el relato del poder y la experiencia cotidiana.

Los medios tienen un papel incómodo, pero indispensable. No como jueces ni como altavoces del poder o del crimen, sino como espejos honestos. Cuando se concentran solo en la declaración oficial o en la nota roja, ayudan sin querer a sostener la distancia entre discurso y realidad. Ver menos cifras y más consecuencias. Menos ruido y más contexto. Menos protagonismo y más explicación.

Estamos por entrar a los jaloneos electorales. Al manejo de figuras y bondades de uno y otro lado:

México no necesita más explicaciones, necesita consecuencias. Consecuencias para quien promete y no cumple, para quien grita y no respeta, para quien violenta y gobierna desde el miedo. Porque cuando todo se justifica, nada se corrige. Y un país que aprende a justificarse termina renunciando, poco a poco, a transformarse.

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