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México no despertó con la caída de un capo

✍🏻 RRSS

Despertó con la confirmación de una verdad incómoda: el Estado llegó tarde… otra vez.

Durante años, Nemesio Oseguera Cervantes no vivió escondido en una cueva ni huyendo entre sombras. Habitó fraccionamientos exclusivos, se movió con calma y construyó poder sin prisa. No porque fuera invisible, sino porque era intocable. Así de simple. La narrativa oficial insiste en la “pacificación”, pero los hechos cuentan otra historia: la del miedo normalizado y la impunidad administrada.

La reacción tras su abatimiento lo deja claro. Coche-bomba, bloqueos, carreteras tomadas, comercios cerrados, familias atrapadas en casa. Un país paralizado mientras desde el poder se habla de calma, de normalidad, de control. Dos realidades que no se tocan. Dos Méxicos que ya ni siquiera fingen convivir.

Escena del crimen marcada con conos amarillos y cinta de advertencia que dice 'Prohibido el paso'.

Lo más grave no es la violencia —esa lleva años—, sino el cinismo. Celebrar “logros históricos” mientras hay elementos de la Guardia Nacional muertos, civiles despojados de su sustento y regiones enteras en silencio forzado no es liderazgo: es propaganda. Y cuando la propaganda falla, aparece el enemigo conveniente: la oposición, el empresario incómodo, el extranjero que señala lo evidente.

Criticar al gobierno no es atacar a México. Confundir al país con un partido es una trampa peligrosa. México no es Morena. México no es la 4T. México es la gente que perdió su camión, su hijo, su tranquilidad. Usar la bandera para blindarse de responsabilidades es una forma más de violencia.

Resulta revelador que, ante señalamientos externos, la prioridad no sea explicar, aclarar o rendir cuentas, sino victimizarse y cerrar filas en redes sociales. Funcionarios, legisladores y voceros más preocupados por defender el discurso que por enfrentar la realidad. Siempre listos para aplaudir, nunca para preguntar.

Tres personas posando juntas, con una persona sujetando a un niño; las caras de los adultos están distorsionadas.

La caída de “El Mencho” no marca el fin de nada. Apenas exhibe el tamaño del problema y la fragilidad del relato oficial. Si para actuar fue necesaria la intervención extranjera, si el silencio duró tanto, si el costo humano sigue creciendo, entonces no estamos ante un triunfo del Estado, sino ante su evidencia más dura: solo reaccionó cuando ya no pudo mirar a otro lado.

México no necesita más discursos ni más enemigos inventados. Necesita verdad, responsabilidad y un gobierno que deje de administrar el daño como si fuera éxito. Porque mientras el poder se felicita, el país sigue pagando la factura. Y esa, como siempre, no la cubren ellos.

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