Por: Camila Ferreiro
Nemesio Oseguera es un personaje singular. La construcción de su imagen no siguió la línea tradicional de los miembros del narcotráfico: presencia pública, derroche, demostración casi urgente de opulencia. Su exposición fue mínima; las fotos que circulan son siempre las mismas, todas proporcionadas por autoridades como la Administración para el Control de Drogas (DEA por sus siglas en inglés).
Las primeras dos fueron tomadas entre 1986 y 1988, durante sus primeras detenciones en Estados Unidos. La última, la más reciente que es de dominio público, empezó a difundirse alrededor del 2018, cuando la DEA ofreció una recompensa de 10 millones de dólares por información que ayudara a capturarlo. Fuera por decisión personal o por condiciones operativas, esta opacidad en cuanto a su apariencia lo fue rodeando de enigma, le fue otorgando, paradójicamente, una presencia construida desde la ausencia.


Curiosamente, el “hombre más buscado de México”, “el líder narcotraficante más peligroso”, como han declarado muchos, fue —y continúa siendo— un personaje inasible. Y lo que no se ve no solo intimida, sino que nos obliga a llenar esos vacíos de información con narrativas colectivas. Cuando decimos “El Mencho” no nos referimos exactamente a la persona, Nemesio Oseguera, nos referimos a lo que representa, a lo que con el tiempo hemos asumido sobre él, nutridos por los episodios de violencia observados, pero también por la prensa y sus titulares provocativos, por las redes sociales con su amplificación —y muchas veces distorsión— de los hechos, y por los productos culturales que consumimos a diario, ya sea en formato de podcast, de series o de narcocorridos.
“El Mencho” se ha convertido en un apodo icónico en este punto. Todos los que pertenecen a un cartel, incluso los miembros de menor rango, tienen un sobrenombre. En el caso de un capo, esto tiene fines prácticos: un nombre corto, fácil de repetir y de memorizar. Sin embargo, también despersonaliza, lo vuelve ficción; el apodo lo distancia del ser humano y lo acerca más a la figura peligrosa y sanguinaria, esa que sí tiene identidad pública, aunque sea la construida en nuestro ideario.
Otro de los apodos atribuidos a Oseguera es “El señor de los gallos”. No se sabe quién se lo asignó, pero sí que su origen fueron los rumores de que le gustaba asistir a las peleas y apostar. De ahí el nombre que, además de enfatizar sus gustos recios, lo enaltece. “Señor” es un apelativo imponente. A otros capos también se les había referido antes de la misma forma, como al casi mítico “Señor de los cielos”, Amado Carrillo, antiguo líder del Cartel de Juárez.
A estos sobrenombres se fueron sumando las designaciones en titulares de prensa. Por el año 2018, llamó la atención que la DEA tomara medidas tan acuciantes para detener al exlíder del Cartel de Jalisco Nueva Generación (CJNG). En ese momento, la recompensa ofertada ya era la segunda mayor ofrecida por un narcotraficante. Incluso por Joaquín Archivaldo, “El Chapo”, la cifra solo llegó a 5 millones de dólares. En ese entonces, los periódicos nacionales ya lo nombraban el capo “más buscado de México” y el “más peligroso desde El Chapo”. Un poco después ya figuraba también en medios internacionales (Rolling Stone, The Guardian) con designaciones igual de importantes.





Naturalmente, los hechos delictivos, el pánico y las discusiones que se generaron a partir del avance del CJNG, se trasladaron a las redes sociales. En 2020 se volvieron virales videos en los que El Mencho “mostraba su poderío”. Una vez más, un fuerte contraste. El líder nunca apareció en los videos, pero aun en esa invisibilidad exhibía su fuerza. Hombres con vestimenta militar, completamente armados junto a vehículos blindados. Un mensaje claro de advertencia en el que ni siquiera tuvo que mostrarse. El brazo armado bajo sus órdenes era prueba suficiente de la supremacía de su liderazgo.
En los próximos años, el CJNG, liderado por Oseguera, continuó expandiéndose y diversificando sus actividades. Traficaron fentanilo, cocaína, metanfetamina, se dedicaron tanto a la extorsión como a los secuestros y al lavado de dinero. Las rivalidades y las contiendas también se mantuvieron. La llamada “Masacre en Chiapas” en 2024 fue precisamente el resultado de un enfrentamiento con otro grupo criminal. Once civiles (cinco mujeres, 5 hombres y un adolescente de 15 años) fueron asesinados y su casa fue incendiada. La noticia se volvió mediática por su nivel de violencia. Y, de nuevo, confirmó la atrocidad de esta figura que operaba desde el margen.
En este marco, las redes sociales reprodujeron los hechos, los usuarios difundieron información muchas veces sacada de contexto, o sencillamente falsa, y contribuyeron al ascenso del pánico colectivo. De alguna forma, estos efectos secundarios beneficiaron la consolidación de una imagen perfectamente temida y ahora también completamente amplificada. Además, las redes sociales, en especial Tiktok, fueron apuntadas como medios de captación. Según fuentes como Wired, en un estudio de El Colegio de México en colaboración con el Civic A.I. Lab de la Universidad del Nordeste en Bostonse, se encontraron 100 cuentas activas vinculadas a organizaciones ilícitas con contenido sobre “reclutamiento, cruce fronterizo, negocios ilegales, prostitución, propaganda y venta de armas”.
En lo reciente, con el abatimiento de El Mencho este 22 de febrero en un operativo en Tapalpa, Jalisco, y la consecuente ola de violencia y narcobloqueos a lo largo del territorio nacional, Facebook, X y, una vez más, Tiktok, se saturaron de videos, fotos y rumores no verificados. Se difundieron audios, supuestos mensajes con órdenes de atacar a civiles a partir de determinados horarios y posteriormente videos generados con Inteligencia Artificial, casi todos protagonizados por sujetos con armamento militar y el logo del CJNG profiriendo amenazas a aquellos que se interpusieran en su camino.
Como sucede con todas las figuras del narcotráfico que alcanzan un nivel de reconocimiento internacional, la noticia de su caída produce impacto y a la vez mitificación. En México, un país con una narcocultura tan presente, no resulta sorprendente que las personas busquen información y consuman, o bien, regresen a los productos artísticos derivados de la estetización del narcotráfico luego del asesinato de un capo. Las canciones dedicadas al exlíder del CJNG han vuelto a ganar popularidad en plataformas de streaming.
Estas composiciones, como es común en el género, maximizan la imagen del personaje, aunque quizá lo más interesante es que también busquen humanizarlo. Al igual que las series sobre grupos criminales, como las que abundan en Netflix, los narcocorridos cuentan las pericias de líderes narcotraficantes, desde su origen precario hasta su llegada a la cima. Y más allá de esto, tratan de complejizar sus emociones, de establecerles una identidad regional y un territorio afectivo.
“El que adora a sus hijas, mis princesas queridas. Hijo, te sigo esperando […]. Todos cuentan la historia que me he vuelto muy violento, saben que lo primero es que a la población respeto”, entonan El Fantasma y Luis R Conríquez en “Nemesio”.
Gerardo Ortíz, en “El M” lo designa además«amigo de Michoacán» y refuerza la idea de los códigos éticos y la priorización de la familia: “De las cosas de la vida lo bonito es la familia. En el naranjo de chila, desde niño arreando vacas, siempre con una esperanza de lograr algo en la vida”.
Estas creaciones se corresponden perfectamente con un “personaje tipo” que ya conocemos y que, de hecho, se repite constantemente. El público suele adorar las historias (películas, series, cuentos) en las que un personaje en situación de pobreza logra escalar y ser reconocido. Es un patrón narrativo universal. La vida de El Mencho encaja perfectamente en esta línea: joven pobre de origen rural que se dedica a cultivar aguacates, emigra a Estados Unidos y comienza por hacerse paso en el crimen organizado hasta que termina por liderar uno de los cárteles más importantes y ricos del país. Cobra aun más sentido cuando se ubica en el contexto mexicano, en donde convive esta dicotomía entre el repudio y la exaltación al narco que, en ocasiones, incluso se combina.
Artistas populares se han presentado en recintos para cantar versos dedicados a líderes criminales con fotografías de ellos como fondo y han recibido ovaciones. El concierto que dieron Los Alegres del Barranco en 2025 es un gran ejemplo. Ahora, a días después de viralizarse la noticia de la muerte de El Mencho, también es común encontrar comentarios en redes como Youtube que se lamentan o lo glorifican por su caída.



Es un hecho es que la construcción de la imagen de El Mencho como personaje ha sido lenta y ha estado atravesada por diversos factores: ataques más que brutales, opacidad identitaria, rumores, publicaciones sensacionalistas, difusión masiva en redes, fake news y cultura de narcocorridos. Más que persona se ha vuelto una figura cultural, un perfil ambivalente. Simboliza terror para quienes heredamos las heridas del narco y admiración para quienes durante los últimos años se han visto fascinados por esta cultura y su configuración estética.
Mariana de la Garza, filósofa e investigadora expresó que es necesario pensar qué dice todo esto de nosotros como sociedad, de las “vidas miserables, de [la] soledad, de la pandilla que sustituye a la familia. Ahí hay mucho que ver en cuanto a qué expectativas tiene nuestra juventud”, a propósito de la recepción de esto principalmente por parte de gente joven.
Por ahora, la figura del capo se ha instalado en nuestro imaginario y tocará ver cómo evoluciona dentro de él.


0 comments on “De líder criminal a figura cultural: cómo se construyó la imagen de Nemesio Oseguera “El Mencho” en México”