Por: Camila Ferreiro
Te contaré una historia. Una historia sobre una mujer mexicana de clase baja, entre sus cuarenta y cincuenta años, tal vez más. Esta mujer tiene un esposo de alrededor de su misma edad; un hombre proveniente de una familia también humilde que trabaja, como la mayoría de los mexicanos, unas 50 horas a la semana. Cuando la cosa se complica la jornada se extiende de forma considerable. Tienen dos hijos juntos, aún lo suficientemente menores como para que haya que encargarse de ellos: cuidarlos, llevarlos a la escuela, prepararles la comida, ayudarlos con los deberes y una larga lista de etcéteras. La mujer, además, tiene que ocuparse del hogar. Cómo no. Así lo hicieron su madre, su abuela y sus demás predecesoras.
La mujer, entonces, tiene que empezar su día muy temprano. Debe asearse, preparar el desayuno para la familia, despedir al esposo antes de que parta al trabajo, lavar los trastes, apurar a los niños para que terminen de arreglarse, acompañarlos a la escuela y en seguida regresar a casa porque le esperan una serie de tareas que tienen la fatídica cualidad de ser acumulables: barrer, trapear, sacudir, lavar la ropa, preparar el guiso para la comida. A veces, cuando se acaba la despensa, la mujer tiene que correr al supermecado y, si es el caso, aprovecha para pagar algunos servicios, como el agua o la luz, no vaya a ser que se los corten.
Más tarde, la mujer recoge a sus hijos de la escuela, comen juntos, se encarga de dejar los platos y la mesa bien limpios. Ayuda a sus hijos con la tarea, se toma un breve descanso —si tiene oportunidad—, recibe al esposo y ahora prepara la cena. Después de comer, se asegura de dejar todo en orden, se lava los dientes, se pone la pijama, y exhausta, se acuesta a dormir. Así transcurren la mayoría de sus días desde hace muchos años. La mujer no se queja mucho, no le gusta lamentarse. Pero a veces, cuando lo reflexiona de verdad, piensa que desearía tener más tiempo libre, que sus actividades fueran menos pesadas para que no le doliera tanto la espalda, quizá tener oportunidad de hacer otras cosas, de realizar un trabajo por el que la remuneraran. A veces desearía tener un poco más de autonomía.
La mujer de esta historia, como pudiste darte cuenta, no tiene nombre. En realidad no es necesario. Podría llamarse Alejandra, María o Belén. Podría tener el nombre de cualquier mujer con un trabajo parecido. El nombre de alguna de esas 23 millones de mujeres en México que se dedican a la labor de cuidados; es simplemente cuestión de escoger.
¿Qué es el trabajo de cuidados?
De acuerdo con la Comisión Económica para América y el Caribe (CEPAL), el trabajo de cuidados comprende todas aquellas actividades «destinadas al bienestar cotidiano de las personas […]. Incluye desde la provisión de bienes esenciales para la vida, como la alimentación, el abrigo, la limpieza, la salud y el acompañamiento, hasta el apoyo y las prácticas relacionados con la crianza».
Entonces, las personas que se dedican al aseo del hogar y otras tareas domésticas (como cocinar, planchar, hacer las compras, etc.), o bien, a la crianza, al cuidado de niños, de un familiar enfermo o de la tercera edad, realizan, sin duda, un trabajo de cuidados. En México, aproximadamente el 75% de estas personas son mujeres. Un porcentaje importante que merece hacerse notar porque evidencia una brecha de género que comúnmente se pasa por alto.
El Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) reconoce desde el 2018 las siguientes actividades como labores domésticas:


La mayor parte de estas mujeres no son remuneradas por su trabajo. De ahí que comúnmente se menosprecien o se releguen estas labores, así como las necesidades de las cuidadoras. Para muchos, estas actividades ni siquiera son consideradas «un trabajo». No obstante, habría que preguntarse lo siguiente: ¿podría un hombre, la cabeza de la familia, salir a trabajar para ganar dinero si no hubiese una mujer en el hogar que se encargara de limpiar, criar a los niños y hacer la comida a diario? ¿Podrían las empresas, las escuelas o las instituciones operar con normalidad si nadie se encargara del trabajo cotidiano que se lleva a cabo fuera de ellas? ¿Quién se quedaría en casa cuando una persona enferma necesitara atención y apoyo continuo? ¿Y quién acompañaría a las personas adultas mayores a sus consultas médicas, se aseguraría de que coman a sus horas o les ayudaría a realizar actividades que ya no pueden hacer por sí solas?
El trabajo de cuidados sostiene la vida y hace que la economía continúe funcionando. Según Sonia Frías Martínez, socióloga del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM), el trabajo de cuidados en México «tiene un valor de 8.4 billones de pesos, que equivale a 26.3% del Producto Interno Bruto (PIB) de nuestro país». Es decir, si estas labores fueran remuneradas, constituirían uno de los sectores económicos más importantes, por encima incluso de la manufactura, que en promedio aporta un 20% al PIB del país.

¿Los cuidados son cosa de mujeres?
La desigualdad en cuanto a la cantidad de mujeres que se dedican a los cuidados (75% por encima de los hombres), es completamente atribuible a cuestiones de género. Parece ser que las normas sociales, en su rigidez, nos siguen haciendo asociar, casi de forma automática, los cuidados con el género femenino. En los hogares en donde las mujeres se ocupan de las tareas domésticas, las hijas observan y replican. Entonces, si les dicen «barre/limpia/trapea/recoge los platos» y lo hacen si chistar son unas hijas ejemplares. No sorprende que cada vez mujeres más jóvenes se vayan sumando a este sector.
“De acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Acceso y Permanencia en la Educación, del INEGI, estos datos son de 2021, de todas las mujeres de entre quince y 29 años, sólo 35 por ciento iba a la escuela. Esto significa que en ese grupo 65 por ciento no asistía. Los principales motivos fueron que se casaron, se unieron o se embarazaron, lo que implica hacer tareas de cuidados”, explicó Sonia Frías a Global UNAM.
Cumplir con estas labores además consume gran parte del tiempo de las cuidadoras. Las mujeres ven cada vez más reducidas las horas que podrían dedicar al aprendizaje, al trabajo dignamente remunerado o sencillamente al descanso y al ocio. Aunado a esto, las largas jornadas de estas mujeres pueden derivar en estrés, agotamiento debido a la carga física y, en general, desgaste socioemocional.
El trabajo de cuidados en el Estado de México
El trabajo de cuidados también tiene un peso importante en el Estado de México, al ser la entidad más poblada del país. Naturalmente, esta zona no está exenta de la desigualdad en cuanto a la distribución de las labores domésticas ni a su relación con la cuestión de género. En el Estado, las mujeres destinan más del doble del tiempo que los hombres a trabajos de cuidado no remunerados. Y, según AMEXI, esta entidad es precisamente la que concentra el mayor porcentaje del valor económico del trabajo doméstico no pagado en todo el país, constituyendo un 11.6 %.
Aunque en algunos lugares del país comienzan a surgir iniciativas que buscan reconocer económicamente el trabajo de cuidados, estas políticas aún son limitadas. Por ejemplo, en la alcaldía Azcapotzalco, en la Ciudad de México, el programa Pensión Mujeres Cuidadoras otorgó en 2025 dos mil cuatrocientos pesos mensuales durante seis meses a mujeres que cuidan a familiares con discapacidad. Sin embargo, en el Estado de México todavía no existe un programa específico que remunere directamente las actividades de las cuidadoras.
Lo cierto es que el trabajo doméstico no ha dejado de ser invisibilizado, aun cuando constituye una labor de enorme valor económico y social. Aun hoy se suele mirar desde arriba, se suele referirse a él como si fuese algo que, naturalmente, corresponde a las mujeres, algo que deben aceptar y realizar como parte de sus tareas básicas y obligatorias. Reconocerlo y dignificarlo son, entonces, dos cosas que como sociedad necesitamos realizar con urgencia. No dejemos de pensarlo y de discutirlo. No dejemos, sobre todo, de escuchar las voces de las mujeres y de cuestionarnos cómo y desde qué condiciones cuidan, porque allí yace una deuda históricamente pendiente.


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