🖋️ Fernando Flores
La narrativa del “colapso definitivo” de Cuba circula con fuerza en redes sociales, pero la realidad —como suele ocurrir— es más compleja, más lenta y, sobre todo, más peligrosa. La isla no ha caído, pero tampoco está en pie firme. Lo que hoy vemos es un sistema exhausto, sometido a una presión simultánea interna y externa que lo coloca en uno de los momentos más delicados de su historia reciente.
La crisis eléctrica no es un episodio aislado: es el síntoma más visible de un modelo que ya no logra sostener lo básico. Apagones nacionales, escasez de combustible, infraestructura obsoleta y una economía que no termina de reestructurarse configuran un escenario de deterioro sostenido. A esto se suma el hartazgo social, expresado en protestas cada vez más frecuentes, aunque todavía fragmentadas y sin una política capaz de articular un cambio estructural.

Sin embargo, quienes anuncian un derrumbe inmediato ignoran un elemento central: el control del aparato estatal y militar sigue intacto. Y en regímenes de esta naturaleza, el verdadero punto de quiebre no está en la calle, sino en los cuarteles. Mientras no exista una fractura interna en las fuerzas armadas o en la élite política, el sistema puede seguir resistiendo, incluso en condiciones adversas.
Pero el tablero no es únicamente interno. Cuba se encuentra en medio de una tensión geopolítica creciente. La presencia marítima de Estados Unidos en el Caribe —históricamente constante, pero estratégicamente relevante en momentos de crisis— funciona como un recordatorio permanente de que cualquier escalada interna podría tener implicaciones regionales. No se trata de una intervención inminente, pero sí de un factor de presión y disuasión que condiciona los movimientos del gobierno cubano.
En este contexto, el papel de México adquiere una dimensión particularmente delicada. La decisión de enviar ayuda humanitaria a Cuba, impulsada desde la administración anterior y respaldada por el actual gobierno, se presenta como un acto de solidaridad internacional. Sin embargo, abre un debate legítimo y necesario: ¿hasta qué punto es prudente destinar recursos y capital político hacia el exterior cuando existen carencias internas evidentes?
La postura de Andrés Manuel López Obrador, retomada por Claudia Sheinbaum, no es improvisada; responde a una línea histórica de política exterior basada en la no intervención y la cooperación entre pueblos. No obstante, en el escenario actual, esa posición se vuelve más controvertida. Por un lado, México busca aliviar la presión social en Cuba mediante apoyo humanitario; por otro, enfrenta críticas internas por priorizar una agenda internacional mientras persisten problemas estructurales en casa.

Más aún, esta ayuda no es neutral en términos estratégicos. Aunque no sostiene al régimen en un sentido decisivo, sí contribuye a amortiguar el impacto de la crisis, reduciendo la urgencia de cambios internos profundos. Es, en términos prácticos, un factor que prolonga el equilibrio inestable en el que hoy se encuentra la isla.
Así, Cuba no está colapsando… pero tampoco está resolviendo sus problemas de fondo. Estados Unidos presiona desde fuera; el gobierno cubano resiste desde dentro; y actores como México intervienen en los márgenes, intentando equilibrar principios políticos con realidades complejas.
El verdadero desenlace no se definirá en discursos ni en redes sociales, sino en la convergencia de tres variables: la profundidad de la crisis económica, la capacidad de movilización social y, sobre todo, la lealtad —o fractura— de las estructuras de poder interno.
Hasta entonces, hablar del “fin” de Cuba es prematuro. Pero ignorar la magnitud de lo que está en juego sería, también, profundamente irresponsable.


0 comments on “Cuba al límite: entre el colapso anunciado, la geopolítica en tensión y la polémica postura de México”