Opinión

Morena: El desgaste de gobernar contra enemigos imaginarios | Cultura Impar

Esta vez, he visto cómo todos los integrantes del partido en el poder, Morena, que gobierna casi todos los estados del país, están más preocupados por atacar, por hacer revancha en contra de los opositores (por el momento muy disminuidos). Los gobernantes atacan con argumentos vagos de comentocracia (hacia periodistas y analistas), o de servir a la ultraderecha y al conservadurismo, a los políticos que militan en los otros partidos.
Están muy preocupados porque los escándalos de corrupción denunciados por Estados Unidos, se les vienen encima sin tener mucha defensa para contradecirlo.


Sus líneas de comunicación e información se van quedando cortas al no saber argumentar de manera sólida su defensa. Se han quedado en uno o dos temas nada más, y eso solo evidencia la falta de estrategia política y de medios para sostener en los hechos su mandato de los últimos siete u ocho años.
Sin embargo, con el cambio de dirigencia en Morena, con la llegada de Ariadna Montiel lograron cambiar la atención hacia ella (en lugar de Claudia Sheinbaum), y al ser agresiva, los medios le publican. Es interesante el cambio, pero no se ve con mucha sustancia para durar en la mente.

Cultura Impar
Por José Manuel Rueda Smithers

Gobernar entre enemigos imaginarios

Los gobiernos más desgastados suelen hablar más de sus enemigos
que de sus soluciones.

Hay una etapa en todo proyecto político donde gobernar deja de ser suficiente y comienza la necesidad de confrontar permanentemente. No porque existan amenazas reales de gran dimensión, sino porque el desgaste obliga a mantener viva la tensión política para evitar que la atención pública se concentre en otros temas más incómodos.

Eso parece estar ocurriendo hoy con Morena.

Después de casi ocho años de controlar la Presidencia de la República, la mayoría de los gobiernos estatales, el Congreso y buena parte de la conversación pública nacional, el movimiento gobernante continúa actuando como si todavía fuera oposición. Necesita enemigos diarios, adversarios visibles y confrontaciones constantes para sostener su narrativa.

La comentocracia, los medios, los periodistas críticos, los conservadores, la ultraderecha, los empresarios, el “viejo régimen”, los organismos internacionales o cualquier voz incómoda terminan convertidos en piezas útiles de un discurso que parece vivir más de la confrontación que de los resultados.

Ilustración de una confrontación entre dos hombres en trajes, empujándose en un escenario con papeles volando y un fondo colorido.

Y cuando eso ocurre, algo empieza a agotarse.

Porque los gobiernos seguros de sus decisiones no necesitan explicar todos los días quién quiere destruirlos. Simplemente gobiernan.

Sin embargo, el oficialismo mexicano parece cada vez más atrapado en la necesidad de responder, atacar y desacreditar. El problema es que esa estrategia comienza a mostrar límites evidentes.

Las acusaciones provenientes de Estados Unidos sobre presuntos vínculos entre actores políticos y estructuras del narcotráfico han colocado al gobierno federal en una posición incómoda. Más allá de la veracidad o dimensión de los señalamientos, la reacción oficial exhibe nerviosismo, improvisación y una narrativa defensiva cada vez menos sólida.

Las líneas discursivas se reducen prácticamente a los mismos argumentos: descalificar medios, denunciar campañas, acusar intereses externos o insistir en conspiraciones políticas. Pero fuera de los sectores ya convencidos, el mensaje comienza ya perdió fuerza.

Porque repetir no siempre significa convencer.

En medio de ese desgaste aparece otro fenómeno interesante: el relevo de figuras dentro de la propia estructura política de Morena. La llegada de Ariadna Montiel a posiciones de mayor exposición mediática parece responder justamente a esa lógica de confrontación permanente.

Mientras la figura de Claudia Sheinbaum enfrenta desgaste natural por acumulación de crisis, decisiones polémicas y pérdida gradual de control narrativo, el oficialismo desplaza parte de la atención hacia perfiles más agresivos, más estridentes y más útiles para dominar titulares.

Ilustración de un hombre hablando en un podio, con una sombra detrás que parece susurrar. Fondo rojo.

No necesariamente para construir una nueva etapa política. Más bien para cambiar el foco de la conversación.

El problema es que la confrontación permanente tiene fecha de caducidad. Funciona durante algún tiempo, moviliza bases, genera ruido mediático y mantiene entretenido al ecosistema digital. Pero difícilmente construye credibilidad duradera cuando la realidad cotidiana comienza a imponerse.

Y ahí aparece la mayor contradicción del movimiento gobernante: después de años de poder absoluto, sigue comportándose como si el país todavía estuviera gobernado por sus adversarios.

Tal vez porque resulta más sencillo administrar enemigos imaginarios que responder a problemas reales.

Cuando un movimiento político olvida construir futuro (o se dedica a culpar y atacar al pasado, solo por el hecho de ganar sin conceder), y comienza a vivir únicamente del enfrentamiento, el desgaste deja de ser un problema de comunicación.

Se convierte en un problema de identidad.

Y ningún aparato político puede sostener indefinidamente una narrativa basada solo en enemigos, distractores y confrontación.

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