Por Raúl González Nova
Lo que debería ser una solución técnica parece haberse convertido en una nueva fuente de preocupación para los vecinos. Una rejilla pluvial que presentaba daños fue intervenida recientemente, pero en lugar de ser reparada o sustituida correctamente, la decisión fue reducir considerablemente su tamaño mediante cemento, dejando una abertura mucho menor para el desahogo de las aguas de lluvia.
La pregunta es inevitable: ¿qué ocurrirá cuando lleguen las lluvias intensas? Las rejillas pluviales no son colocadas al azar; su tamaño responde a estudios, mediciones y cálculos diseñados para permitir el adecuado flujo del agua y evitar inundaciones. Reducir su capacidad podría generar exactamente el problema que se supone deben prevenir.
Las imágenes muestran una obra improvisada, delimitada con llantas, cartones y cuerdas, situación que ha generado críticas y dudas sobre la calidad de los trabajos realizados. Si la rejilla estaba dañada, la lógica indicaría que debía ser rehabilitada o reemplazada, no reducida.


Los vecinos cuestionan además qué tipo de supervisión existe en estas obras y se preguntan: ¿qué gente tiene trabajando el presidente municipal #AdolfoSolísGómez? Porque resulta difícil entender cómo una solución para una rejilla pluvial termina siendo disminuir su capacidad de captación de agua, cuando cualquier persona sabe que durante la temporada de lluvias el volumen de escurrimientos aumenta considerablemente.
La preocupación no es menor. Si las calles y sistemas de drenaje fueron construidos originalmente con determinadas especificaciones, modificar ahora una rejilla podría afectar todo el sistema de desagüe de la zona. Lo que hoy parece un simple ajuste podría convertirse mañana en encharcamientos, inundaciones y afectaciones para los habitantes de #AlmoloyadeJuarez.
Los ciudadanos se preguntan quién autorizó esta modificación y si realmente existió algún estudio técnico que respalde la decisión. Porque cuando las obras públicas se hacen bien desde el principio, no requieren improvisaciones ni remiendos que terminan costando más dinero a la población.
La interrogante queda abierta: ¿quién fue el brillante funcionario o responsable de obra que consideró que la mejor solución era reducir una rejilla pluvial en lugar de repararla correctamente? La respuesta podría llegar con las primeras lluvias fuertes, cuando se compruebe si esta obra fue una solución responsable o el inicio de un nuevo problema para los vecinos.


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