La elección de Coahuila dejó algo más que el contundente triunfo del PRI sobre Morena. También abrió una pregunta que hace apenas unos días parecía ociosa: ¿el PRI todavía puede ganar elecciones importantes frente a Morena?
El triunfo priista en los 16 distritos locales coahuilenses no solo permitió al gobernador Manolo Jiménez asegurar la mayoría parlamentaria. También devolvió al PRI algo que había perdido durante años: optimismo. En política eso importa. Porque los partidos no solo viven de votos; también viven de la percepción de que pueden competir y ganar.
La pregunta inevitable es si ese efecto puede trasladarse al Estado de México.
Un escenario muy distinto
A primera vista parece difícil. A diferencia del estado norteño, el Estado de México es gobernado por Morena. Además, el PRI mexiquense —que encabeza la experimentada Cristina Ruiz— arrastra divisiones internas y carece de una figura dominante como las que tuvo durante décadas.
Sin embargo, tampoco puede ignorarse que conserva estructuras municipales, cuadros políticos experimentados y presencia territorial en regiones donde Morena todavía no logra consolidar plenamente su fuerza. A ello se suma el desgaste natural que implica ejercer el poder, una condición que tarde o temprano alcanza a todos los gobiernos.
El antes y el después
Hasta antes de Coahuila, el PRI aparecía en el imaginario político y en buena parte de las encuestas con escasas posibilidades de recuperar alcaldías, diputaciones locales y federales. Y, salvo que ocurra un hecho extraordinario en los próximos meses, sigue siendo difícil sostener que el resultado del domingo representa el inicio de una recuperación nacional capaz de transformar por sí sola el escenario electoral mexiquense.
Lo que sí puede ocurrir
Lo que sí puede ocurrir es algo menos espectacular, pero políticamente relevante: que la victoria coahuilense modifique el estado de ánimo del priismo mexiquense. Porque en política las recuperaciones suelen comenzar primero en la cabeza de los propios actores políticos. Antes de ganar elecciones, los partidos necesitan volver a creer que pueden ganarlas.
Y quizá ese sea el efecto más importante que dejó Coahuila para el PRI del Estado de México: no una ruta clara hacia la victoria, pero sí una razón para volver a pensar que competir todavía es posible.


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