Dr. Abel Trejo Valtierra
Columna de opinión ·· Junio de 2026
Hoy, cuando ruede el balón en el Estadio Azteca, millones de mexiquenses estaremos frente a la pantalla. Pero hay otro equipo que no saldrá en las transmisiones y que también empieza su torneo: el personal de salud del Estado de México. Médicos, enfermeras, paramédicos, epidemiólogos y técnicos de urgencias que durante las próximas semanas atenderán a una entidad que recibirá visitantes de todo el mundo, con todo lo que eso significa: más gente, más tránsito, más fiesta y, inevitablemente, más riesgo sanitario.
Las propias autoridades estatales lo han reconocido con honestidad: se prevé un aumento de enfermedades respiratorias y gastrointestinales, de infecciones de transmisión sexual y de intoxicaciones alcohólicas durante el torneo. No es alarmismo; es epidemiología básica. Cada vez que concentramos a miles de personas de orígenes distintos en espacios cerrados, compartiendo alimentos, transporte y celebraciones, creamos las condiciones ideales para que los microorganismos también hagan su mundial. Lo hemos visto en cada evento masivo de la historia reciente, y no hay razón para creer que esta vez será diferente.
El problema es que este Mundial no llega en un momento sanitario cualquiera. México atraviesa el brote de sarampión más serio en una década: más de siete mil seiscientos casos acumulados desde febrero del año pasado y veintiséis muertes confirmadas, la mayoría en personas que nunca recibieron su vacuna. Nuestra cobertura nacional de vacunación contra el sarampión ronda el 84 por ciento, cuando el estándar internacional para frenar la transmisión comunitaria es de al menos 95. Esos once puntos de diferencia no son una estadística abstracta: son niños y adultos sin escudo, en un momento en que abriremos las puertas al mundo.

A esto se suma la vigilancia internacional por el brote de ébola en África, que ya llevó a las aerolíneas mexicanas a restringir vuelos desde los países afectados y a las autoridades a emitir avisos preventivos de viaje. Quiero ser claro para no sembrar miedo donde debe haber información: México no tiene casos de ébola, y la probabilidad de importación sigue siendo baja. Pero la lección de los últimos años es que la distancia geográfica ya no es una barrera sanitaria. Un aeropuerto internacional —como el de Toluca, que conozco de cerca— es hoy la primera línea de defensa epidemiológica de cualquier país, y su personal merece reconocimiento y recursos, no solo durante las crisis.
Quienes trabajamos en urgencias aprendemos pronto una verdad incómoda: los sistemas de salud no fallan el día del desastre; fallan en los meses previos, cuando no se preparan. Por eso celebro que se hayan anunciado módulos de vacunación y refuerzos operativos para el torneo, pero la pregunta que debemos hacernos como sociedad es más profunda: ¿qué pasará el día después? Un módulo de vacunación instalado por el Mundial es bienvenido; un programa permanente de vacunación que recupere el 95 por ciento de cobertura es indispensable.

La fiebre mundialista pasará en unas semanas; el sarampión, si no lo frenamos, se quedará.
¿Qué podemos hacer los ciudadanos? Tres cosas concretas. Primero, revisar hoy mismo la cartilla de vacunación propia y la de nuestros hijos: la vacuna contra el sarampión es gratuita, segura y está disponible en los centros de salud. Segundo, no normalizar los síntomas durante las celebraciones: fiebre con manchas en la piel no es ‘una gripa con calor’, y acudir temprano a consulta protege a toda la familia. Tercero, celebrar con responsabilidad: la intoxicación alcohólica es, partido tras partido, una de las principales causas de ingreso a urgencias, y cada cama ocupada por un exceso evitable es una cama menos para quien sufre un infarto o un accidente.
El Mundial es una oportunidad extraordinaria para mostrar lo mejor del Estado de México: nuestra hospitalidad, nuestra cultura, nuestra capacidad de organización. Hagamos que también sea la oportunidad de mostrar que aprendimos las lecciones sanitarias de los últimos años. Que cuando los visitantes se vayan, nos quede algo más valioso que los recuerdos de los partidos: un sistema de salud más fuerte, una cobertura de vacunación recuperada y una ciudadanía que entendió que la salud pública, como el futbol, se gana en equipo.


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