Por José Manuel Rueda Smithers
El espejo roto en los tres reinos
Toda mentira política necesita dos cómplices:
quien la pronuncia y quien renuncia a verificarla.
Esta semana dio para mucho hacia la Cultura Impar. Sin embargo, un tema en especial cautivó por sus versiones encontradas, todas saturadas de medios, todas con muy poca credibilidad. Y es entonces, que empieza una nueva historia:
Existen tres reinos separados por montañas, mares y viejas diferencias.
Cada uno tiene su propia bandera, su propio idioma y la firme convicción de que sus gobernantes siempre defienden los intereses nacionales.
Un día, los tres deciden sentarse a negociar un acuerdo que cambiará el futuro de sus pueblos.
Las conversaciones duran semanas. Los desacuerdos son muchos. Las presiones, todavía más.
Finalmente, los representantes salen de la sala.
Y entonces ocurre algo extraordinario. Cada gobernante asegura haber obtenido una gran victoria.
En el primer reino, el ministro de Economía anuncia que logró imponer condiciones históricas.
En el segundo, el jefe negociador afirma que jamás había conseguido un acuerdo tan favorable.
En el tercero, el gobernante celebra que ninguno de sus intereses fue sacrificado.
Los tres hablan del mismo documento. Los tres aseguran haber ganado.
Los tres presentan cifras, frases cuidadosamente seleccionadas y discursos cargados de optimismo.
Los periódicos cercanos al primer reino publican titulares de triunfo.
Los del segundo hacen exactamente lo mismo.
Los del tercero no se quedan atrás.
Durante unas horas, parece que la realidad ha decidido dividirse en tres versiones distintas.
Hasta que aparecen los analistas. No pertenecen a ningún reino. No reciben instrucciones de ningún palacio.
Simplemente comparan los documentos, leen la letra pequeña, revisan los compromisos adquiridos y hacen una pregunta incómoda:
– Si todos ganaron… ¿quién cedió?
Entonces el silencio comienza a ocupar el lugar de los discursos. Los gobiernos dejan de repetir algunas frases.
Los titulares cambian discretamente.
Los ciudadanos descubren que la verdad nunca había sido tan sencilla como se las contaron.
Y ocurre algo todavía más revelador.
Mientras unos medios rectifican, otros deciden defender la versión oficial hasta el último momento. No porque los hechos hayan cambiado. Sino porque sus preferencias ya habían elegido de qué lado mirar.
Es entonces cuando el viejo bibliotecario del primer reino reúne a sus aprendices.
– ¿Por qué mienten los gobernantes? – pregunta uno de ellos.
El anciano sonríe.
– Porque creen que una verdad incómoda cuesta más votos que una mentira conveniente.
– ¿Y por qué algunos periódicos los acompañan?
El bibliotecario tarda unos segundos en responder.
– Porque algunos olvidan que su oficio consiste en acercar a los ciudadanos a los hechos, no a los gobiernos.
Los muchachos guardan silencio. Entonces el anciano toma un espejo antiguo, lo coloca sobre la mesa y lo deja caer. El cristal se rompe en decenas de fragmentos. Cada pedazo refleja una parte distinta de la habitación.
– Esto es la política- dice.
Luego señala los fragmentos.
– Y esto es la información cuando deja de buscar la verdad para comenzar a defender intereses.
Uno de los aprendices levanta un pequeño trozo de cristal.
– Pero cada pedazo refleja algo que realmente existe.
– Exactamente -responde el anciano-. Ése es el secreto de las mejores mentiras. Casi nunca son completamente falsas. Toman un pedazo de la realidad y esconden todo lo demás.
Los jóvenes observan el espejo roto durante varios minutos. Así, entienden que el verdadero problema no es que existan versiones diferentes. El problema comienza cuando los ciudadanos dejan de buscar el espejo completo y eligen vivir únicamente con el fragmento que confirma aquello que ya querían creer.
Porque el poder siempre intentará escribir su propia historia.
La propaganda administra percepciones; la verdad administra consecuencias.


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