Por Horacio Morales
Apenas el domingo México parecía otro país. No porque hubieran desaparecido la violencia, la corrupción, la falta de crecimiento económico, la precariedad del sistema de salud, los narcopolíticos o los baches. Fue porque, durante 25 días, millones de mexicanos volvieron a sentirse del mismo lado.
Las plazas estaban llenas, las familias se reunían frente al televisor, las camisetas verdes volvieron a aparecer y el país encontró un motivo para hablar de algo distinto a los problemas de siempre.
Lo que el futbol provocó
Lo verdaderamente extraordinario no fue el futbol. Fue lo que el futbol provocó. La Selección consiguió algo que la política casi nunca logra: unir al país.
Personas que piensan distinto, que votan distinto y que normalmente discuten por todo, celebraron juntas cada partido del Tri. Durante esos días predominó la ilusión sobre el enojo, el orgullo sobre el desencanto y la esperanza sobre la confrontación. Las diferencias no desaparecieron. Simplemente quedaron en pausa.
Pero la noche del domingo ese raro e increíble momento terminó.
El fin del respiro
No porque la derrota frente a Inglaterra hubiera cambiado la realidad del país. Los problemas seguían exactamente donde estaban. Lo que cambió fue el estado de ánimo de millones de mexicanos.
Durante 25 días la Selección construyó algo que ningún gobierno puede fabricar por decreto: optimismo colectivo, orgullo nacional y la sensación de que, por encima de las diferencias, México seguía siendo un solo país.
El Mundial como respiro político
Mientras México avanzó en el Mundial, también cambió la conversación pública. Eso también benefició al gobierno. No porque la gente confundiera futbol con política, sino porque una sociedad optimista suele mirar de manera distinta a quienes la gobiernan que una sociedad frustrada.
El PRI lo entendió cuando estaba en el poder. Y Morena tampoco ha sido la excepción.
Durante estas semanas el oficialismo no ocultó su intención de acompañar ese entusiasmo. Ahí estuvieron el uso de la frase surgida en redes «¿Y si sí?» , la polémica ajolotización de la Ciudad de México, los mensajes de Claudia Sheinbaum tras los triunfos de la Selección y la narrativa de un Mundial presentado como una celebración compartida con el «pueblo».
Los problemas que esperaban
Incluso las fallas en obras vinculadas al Mundial, como los retrasos en la modernización del AICM, los trabajos del Metro, el cuestionado jardín elevado de Tlalpan o los problemas para llegar al Estadio Azteca, pasaron de ocupar buena parte de la conversación pública a quedar relegados por la euforia mundialista.
Porque el mayor triunfo de la Selección no fue únicamente avanzar en el torneo. Fue conseguir que millones de mexicanos, aunque fuera por unas semanas, dejaran de verse como adversarios y volvieran a sentirse parte del mismo equipo.
El regreso de la polarización
Eso casi nunca lo consigue la política. Y en un país donde la polarización forma parte de la conversación cotidiana, resulta todavía más excepcional.
Este Mundial significó mucho más que un torneo de futbol. Fue un respiro para un país acostumbrado a vivir entre malas noticias. Pero los respiros duran lo que duran.
Con la eliminación terminó ese momento. Ahora volverán a dominar los titulares y las redes la inseguridad, la economía, la corrupción, las disputas políticas y todos los temas que durante algunos días compartieron espacio con la Selección.
El clima social que se perdió
Morena no perdió una elección el domingo. Tampoco perdió porque México haya quedado eliminado. Lo que perdió fue un clima social extraordinario. Un país optimista. Un país orgulloso. Un país que, aunque fuera por unas semanas, volvió a estar unido.
El Mundial no resolvió un solo problema de México. Pero durante 25 días consiguió algo igual de extraordinario: hizo que millones de mexicanos dejaran de verse como adversarios y volvieran a sentirse parte del mismo equipo.
Terminó el Mundial para México. Y volvió el país polarizado que la Selección había logrado poner del mismo lado.


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