Por José Manuel Rueda Smithers
El balón dejó de ser el protagonista
Toda institución comienza a perder su prestigio
el día que el negocio deja de financiar su misión y comienza a sustituirla.
Este Campeonato Mundial de Futbol 2026, ha desatado más polémica que cualquier otro.
Un tropiezo fue el frenar los partidos a los 20 minutos de cada tiempo, supuestamente para facilitar la hidratación de los jugadores y enriquecer el espectáculo. Falso, solo sirvió para que las televisoras (al menos algunas) pudieran comercializar un espacio con publicidad. Puro Negocio para FIFA.
Lo rumores de favoritismos hacia tal o cual equipo, hacia tal o cual jugador, son tan intensos que -verdad o mentira- marcarán sus vidas por siempre. Se les tacha y punto.
Solo es uno de los muchos líos que ha enfrentado en su historia:
Era un espectáculo que conquistó al mundo sin necesidad de inventar nada.
Veintidós jugadores.
Un balón.
Dos porterías.
Noventa minutos.
Y millones de personas convencidas de que, durante ese breve tiempo, cualquier cosa podía ocurrir.
No hacían falta pausas comerciales disfrazadas de preocupación médica. Ni calendarios interminables. Ni más participantes para vender más boletos. Bastaba el juego.
Durante décadas, ese espectáculo fue creciendo gracias a una regla muy sencilla: el negocio existía para hacer más grande al deporte.

Pero un día alguien hizo una pregunta diferente.
¿Qué pasaría si el deporte comenzara a trabajar para hacer más grande al negocio?
La respuesta llegó poco a poco.
Primero aparecieron más equipos.
Después, más partidos.
Luego, más sedes.
Más transmisiones.
Más derechos de televisión.
Más patrocinadores.
Más espacios publicitarios.
Y, casi sin que nadie lo advirtiera, el balón comenzó a compartir el protagonismo con las hojas de cálculo.
La pausa para hidratación terminó convirtiéndose, en algunos casos, en una pausa para vender anuncios.
No era una necesidad del futbol.
Era una necesidad del mercado.
Los aficionados aceptaron el cambio porque parecía pequeño.
Después llegaron otros.
Hasta que el torneo más importante del planeta empezó a provocar una conversación muy distinta.
Ya no se discutía únicamente quién jugaba mejor.
Se hablaba de decisiones arbitrales.
De intereses comerciales.
De contratos televisivos.
De presuntos favoritismos.
De presiones políticas.
Incluso de la inesperada intervención de un jefe de Estado para influir en una decisión disciplinaria que, para muchos, debió permanecer exclusivamente en el ámbito deportivo.
Verdad o exageración.
Realidad o rumor.
Eso ya casi resulta secundario.
Porque cuando una institución permite que la sospecha ocupe el lugar de la confianza, descubre que el prestigio tarda décadas en construirse, en apenas unos días se deteriora.
Quizá la Federación Internacional sobreviva a esta tormenta que no sería la primera.
Su historia está llena de escándalos, investigaciones y crisis que parecían definitivas y terminaron siendo apenas un capítulo más.
Pero esta vez existe una diferencia.
Las críticas ya no se concentran únicamente en personas o decisiones aisladas.Ahora cuestionan el modelo.

Y cuando una organización deja de discutir sus errores para comenzar a discutir su propósito, el problema deja de ser administrativo.
Se vuelve existencial.
Porque todas las grandes instituciones enfrentan, tarde o temprano, la misma tentación.
Descubren que aquello que construyeron genera enormes ganancias.
Y aparece una pregunta silenciosa: ¿Seguimos utilizando el dinero para fortalecer nuestra misión… o comenzamos a modificar la misión para producir más dinero?
Parece una diferencia mínima.
No lo es.
Es la frontera que separa el éxito de la decadencia.
Tal vez el Mundial de 2026 pase a la historia por sus innovaciones.
O quizá sea recordado por haber mostrado que el espectáculo empezaba a devorar al deporte.
Todavía es pronto para saberlo.
Lo único cierto es que existe una lección que rebasa cualquier cancha.
Porque el dinero puede hacer más grande un espectáculo.
Pero nunca podrá hacerlo más auténtico.


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