Opinión

Primera Fila | La nostalgia no absuelve a Peña Nieto

La nostalgia no absuelve a Peña Nieto. Aunque las redes piden su regreso, su sexenio también fue marcado por corrupción, violencia y abusos de poder.

Por Horacio Morales

Enrique Peña Nieto cumplió 60 años y las redes se llenaron de felicitaciones, suspiros y mensajes que hace unos años habrían parecido impensables. «Estábamos mejor con él», «fuimos felices y no lo valoramos», «que regrese». Y no faltó quien calificara su gobierno con un diez.

Algo está pasando cuando un expresidente que dejó Los Pinos con un fuerte rechazo vuelve a ser recordado casi con cariño. Cuando el presente no entusiasma, el pasado empieza a verse menos malo. Si el dinero no alcanza, la inseguridad sigue golpeando y la política vive atrapada en pleitos, hasta los gobiernos que terminaron muy desgastados son recordados con benevolencia.

Pero tampoco hay que pasarse.

Una cosa son los defectos y excesos de los de ahora y otra convertir a Peña Nieto en el presidente que México no supo valorar. Su sexenio no terminó mal por los memes, por sus errores al hablar o porque no supiera mencionar tres libros. Eso fue lo anecdótico. Lo verdaderamente grave ocurrió en otro terreno.

Los escándalos que marcaron su sexenio

La Casa Blanca golpeó la confianza de una parte importante del país porque mostró una cercanía demasiado incómoda entre el poder y los contratistas del gobierno. La Estafa Maestra exhibió un sistema de desvíos mediante dependencias, universidades —incluida la propia Universidad Autónoma del Estado de México — y empresas fantasma. Odebrecht alcanzó al círculo más cercano del presidente.

Ayotzinapa se convirtió en una herida que su gobierno nunca pudo cerrar y terminó por derrumbar buena parte de su credibilidad. Tlatlaya , ocurrido precisamente en el sur del Estado de México, dejó al descubierto uno de los episodios más graves de su sexenio: civiles muertos a manos del Ejército, señalamientos de ejecuciones y una versión oficial que tampoco resistió el paso del tiempo.

Pegasus mostró hasta dónde podía llegar el poder cuando periodistas, activistas y opositores eran vigilados mediante un sistema de espionaje adquirido por instituciones del Estado.

No fueron solamente escándalos de corrupción. También hubo abusos de poder, graves violaciones a los derechos humanos y una incapacidad evidente para frenar la violencia y castigar a los responsables.

Lo que también es verdad

Eso sí: tampoco se trata de borrar todo lo demás. Durante su gobierno hubo estabilidad económica, se construyó infraestructura, avanzaron proyectos carreteros y ferroviarios, se impulsaron reformas importantes y México mantuvo una presencia internacional que hoy muchos comparan con la confrontación permanente de los últimos años.

También tuvo una virtud que, vista desde el presente, no es menor: supo irse. No se quedó opinando todos los días. No intentó gobernar desde fuera. No convirtió cada crítica en una batalla personal ni salió a dar lecciones a quienes llegaron después.

El supuesto pacto de silencio

Aunque tampoco puede ignorarse la versión, repetida durante años en los círculos políticos, de un supuesto pacto de silencio y protección con su sucesor, Andrés Manuel López Obrador. Nunca se ha probado, pero la forma en que la 4T dejó prácticamente en paz a Peña Nieto alimentó esa sospecha.

El tiempo y la nostalgia

Se retiró, guardó silencio y dejó que el tiempo hiciera lo suyo. Y el tiempo suele ser generoso con los expresidentes. Suaviza los errores, borra los peores días y deja flotando los recuerdos más cómodos.

Más todavía cuando la 4T decidió olvidarse de Peña Nieto y concentrar casi toda su artillería en Felipe Calderón, el villano favorito del obradorismo.

La historia real

Peña Nieto hoy provoca menos enojo porque ya no gobierna. Porque aparece poco. Porque no pelea. Porque, frente al ruido permanente de la política actual, su silencio hasta parece prudencia.

Pero una cosa es reconocer sus logros y otra absolver su sexenio. La nostalgia puede servir para mirar el pasado con menos rabia. Lo que no debería hacer es borrarnos la memoria.

Porque Peña Nieto no fue el monstruo que algunos describieron todos los días. Pero tampoco fue el gran presidente que ahora quieren descubrir por su cumpleaños.

Entre una cosa y otra está la historia real: un gobierno con obras, reformas y estabilidad, pero también con corrupción, espionaje, violencia, abusos de poder y una pérdida de confianza de la que nunca pudo recuperarse.

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