Opinión

Cultura Impar | El silencio siempre llega después

Por José Manuel Rueda Smithers

El silencio siempre llega después

Las dictaduras no empiezan prohibiendo que la gente hable. 

Empiezan decidiendo quién puede hacerlo.

Nunca llegan gritando. Llegan susurrando.

No anuncian que acabarán con la libertad; prometen poner orden. No dicen que censurarán; aseguran que protegerán derechos. No hablan de propaganda; ofrecen una mejor comunicación con la sociedad. Y cuando descubrimos que todas las voces empiezan a sonar igual, ya es demasiado tarde.

El silencio siempre llega después.

Existe una escena que la historia repite con una puntualidad inquietante. Un gobierno descubre que gobernar no le basta. También necesita contar la historia. Entonces deja de disputar las ideas y comienza a administrar las palabras. Ese suele ser el primer aviso.

Los autoritarios siempre han comprendido algo que las democracias olvidan con frecuencia: dominar el territorio es importante; dominar el relato resulta decisivo. Quien consigue imponer una sola versión de la realidad no necesita convencer todos los días. Le basta con convertirse en la única referencia para explicar lo que ocurre.

Por eso el control de la comunicación nunca ha sido un asunto menor. Antes de perseguir periodistas, antes de cerrar medios o prohibir libros, el poder intenta reducir el número de voces. Descalifica a quienes preguntan, concentra las vocerías, debilita los espacios de deliberación y presenta toda diferencia como un obstáculo para el bienestar colectivo. No siempre lo hace con amenazas. Lo hace mediante reglamentos, lineamientos, reformas administrativas o decisiones que, vistas de manera aislada, parecen razonables.

Ese es, precisamente, el riesgo.

La libertad rara vez desaparece de un golpe. Se desgasta lentamente, casi sin hacer ruido.

En los últimos días, el debate en torno a los lineamientos relacionados con la comunicación y los derechos de las audiencias ha despertado una discusión necesaria sobre los límites entre la regulación y la libertad.

La idea no es nueva. Cambian los gobiernos, las ideologías y los discursos, pero la tentación permanece intacta. Todo poder siente, tarde o temprano, la necesidad de controlar la narrativa. Porque los hechos son importantes, pero la interpretación de los hechos puede llegar a serlo todavía más.

Hoy, además, parece emerger una ambición distinta. Ya no basta con influir en los medios de comunicación. También se busca reducir el papel de los intermediarios entre el poder y la sociedad: vocerías institucionales, áreas de comunicación, organismos técnicos, especialistas, periodistas y cualquier voz que ofrezca una lectura distinta de la versión oficial. Cuando eso ocurre, la comunicación deja de ser un puente con los ciudadanos y comienza a convertirse en un instrumento de centralización política. No es un simple ajuste administrativo. Es una manera diferente de entender el poder.

Una democracia auténtica vive de la pluralidad. Necesita preguntas incómodas, opiniones encontradas y ciudadanos capaces de contrastar versiones. El pensamiento único, en cambio, exige obediencia. No soporta la duda porque sabe que, cuando una sociedad empieza a preguntar, el poder deja de ser incuestionable.

Tal vez por eso el verdadero objetivo nunca ha sido controlar a los medios de comunicación. El objetivo consiste en influir sobre los ciudadanos. Porque quien decide qué voces merecen ser escuchadas termina condicionando también aquello que una sociedad considera verdadero.

Las libertades no suelen morir en actos espectaculares. Se extinguen por desgaste. Mediante pequeñas renuncias que parecen inofensivas. A través de decisiones que, tomadas por separado, parecen técnicas, pero que juntas terminan dibujando un nuevo mapa de la relación entre el Estado y la sociedad.

La historia lo ha demostrado una y otra vez.

La censura casi nunca inaugura una época.

Generalmente la culmina. Porque el día en que el poder decide quién merece ser escuchado, la libertad ya ha comenzado a retroceder.

Después… el silencio hace el resto.

En este México no podrán.

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