Por José Manuel Rueda Smithers
Cuando nadie manda, manda el desorden
Al no respetar a la autoridad por ser autoridad,
hacemos que nuestra vida sea rehén de la fuerza, la presión y la impunidad.
México vive un momento peligroso y no hay quien nos defienda.
Hay algo más preocupante que una sociedad inconforme: una sociedad que empieza a creer que la ley es opcional.
México atraviesa un momento extraño. La desobediencia, la agresión, el desconocimiento de la autoridad y el rompimiento de las reglas88 han comenzado a formar parte de una normalidad que debería alarmarnos. No hablo de la protesta legítima, del desacuerdo político ni del derecho a exigir. Hablo de algo distinto: de la convicción de que las normas pueden ignorarse cuando estorban, de que la autoridad puede ser desafiada cuando no conviene y de que la violencia puede convertirse en argumento.
El problema se vuelve mayor cuando la autoridad parece haber perdido la voluntad de ejercer su propia autoridad.
Los tres niveles de gobierno enfrentan, con distintas intensidades, ese desplazamiento. Policías rebasados, funcionarios cuestionados, territorios donde grupos criminales imponen sus propias reglas y ciudadanos que, en ocasiones, encuentran más eficacia en la presión, el bloqueo o la amenaza que en las instituciones.
Y desde el poder aparece una frase utilizada sin cuidado, convertirda en una peligrosa coartada: “el pueblo manda”.
Por supuesto que el pueblo manda. Pero en una democracia el pueblo manda a través de las instituciones, de las elecciones y de la ley, no por encima de ellas.
La soberanía popular no significa que cada quien pueda hacer lo que quiera. Significa exactamente lo contrario: que todos, gobernantes y gobernados, estamos sometidos a las mismas reglas.
Ahí comienza una de las grandes contradicciones de nuestro tiempo.
Mientras una parte de la sociedad pierde el respeto por la autoridad, una parte del poder parece perder el valor de ejercerla. Y entre ambas cosas aparece un territorio fértil para el desorden.
La corrupción agrava todavía más el problema. Cada nuevo escándalo alimenta la sospecha de que algunos funcionarios están más preocupados por aprovechar el cargo que por cumplirlo. Y cuando las acusaciones se responden únicamente con descalificaciones políticas, con la explicación de que todo forma parte de una campaña de la “ultraderecha” o con la defensa automática del proyecto, la percepción pública recibe un mensaje devastador: investigar puede ser menos importante que justificar.
Una democracia no se fortalece defendiendo a los propios de cualquier acusación. Se fortalece investigando, aclarando y, cuando corresponde, sancionando.
Lo mismo ocurre con el crimen.
La ley que no se aplica deja de ser una ley respetada y comienza a convertirse en una recomendación. Y una autoridad que teme aplicar la ley termina perdiendo algo mucho más importante que una batalla política: pierde autoridad.
El círculo es perverso. El ciudadano deja de creer en las instituciones; las instituciones dejan de responder con eficacia; la impunidad confirma el desencanto; y el desencanto produce todavía más desobediencia.
Romper ese círculo también corresponde a los ciudadanos.
Las urnas son una de las herramientas más poderosas para hacerlo. No porque una elección pueda resolver mágicamente la corrupción, la violencia o la pérdida de confianza, sino porque puede establecer algo que el poder entiende perfectamente: el precio político de gobernar mal.
Votar no debería significar solamente elegir al que nos gusta. También significa recordar que ningún gobierno es propietario del poder.
Pero la responsabilidad no termina frente a la urna.
El país necesita recuperar una idea sencilla que hemos ido extraviando: los derechos no existen separados de las obligaciones, y la libertad no consiste en hacer cualquier cosa sin consecuencias.
El cáncer del desorden no está únicamente en los ciudadanos que rompen las reglas ni únicamente en los funcionarios que las utilizan a conveniencia.
Es momento de romper la idea de que la ley debe cumplirse solamente cuando nos conviene.
Cuando esa idea se instala, nadie manda.
Y cuando nadie manda, termina mandando el desorden.


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