Entre el maestro y el discípulo: la esperanza mexicana de Emiliano Osornio
✍🏻 Fernando Flores
Hay fotografías que explican una relación mejor que muchas palabras.
Curro Vázquez coloca la mano sobre el hombro de Emiliano Osornio. En otra imagen, ambos conversan. En una más sonríen juntos.
Uno lleva décadas de toros, plazas, triunfos y cicatrices que no siempre se ven.
El otro tiene 22 años, nació en Toluca y todavía está escribiendo las primeras páginas importantes de su historia.
Maestro y discípulo.
Apoderado y novillero.
Pero detrás de esas imágenes existe algo más profundo: la transmisión de una forma de entender el toreo.
Hace unos días hablábamos en este mismo espacio de los kilómetros recorridos por Emiliano Osornio durante su temporada española. Valencia, Sevilla, Madrid, Pamplona y numerosas plazas de España y Francia han formado parte de una campaña en la que hubo tardes sin premio, orejas, puertas grandes y, recientemente, dos orejas y rabo en Villaviciosa de Odón.
Ahora Osornio regresó a Madrid.
Pero esta vez no llevaba capote ni muleta.
Llevaba palabras.
El pasado 29 de septiembre participó junto a Curro Vázquez en la jornada internacional “500 años de la Tauromaquia en México”, organizada por la Sección de Derecho de la Tauromaquia del Ilustre Colegio de la Abogacía de Madrid, en colaboración con el Ilustre y Nacional Colegio de Abogados de México.
Y quizá ahí apareció una dimensión distinta del joven torero mexiquense.
Porque una cosa es enfrentarse a un novillo y otra explicar públicamente por qué se está dispuesto a asumir los sacrificios que exige convertirse en torero.
Osornio habló de México.
De su afición.
De su deseo de contribuir, desde su carrera en España, a recuperar el esplendor de la tauromaquia mexicana.
Y resumió su propósito en una frase particularmente significativa:
“Quiero dar esperanza a la afición mexicana”.
No es una frase menor.
México atraviesa uno de los momentos más complejos para la fiesta brava. Existen debates jurídicos, políticos y sociales sobre su continuidad, mientras distintas entidades han establecido restricciones y prohibiciones.
Precisamente por eso resulta interesante que un muchacho de 22 años, nacido en Toluca, diga desde Madrid que quiere convertirse en un motivo de esperanza para los aficionados de su país.
No promete salvar la tauromaquia.
Tampoco podría hacerlo un solo torero.
Dice algo mucho más sensato: quiere hacer disfrutar a la afición mientras continúa el difícil proceso de intentar convertirse en un gran torero.
Y junto a él está Curro Vázquez.
Ahí aparece la otra parte de esta historia.
Curro conoce México. Toreó allí y conoce la dimensión que históricamente ha tenido su afición. Ahora, desde otra posición, transmite experiencia a quien apenas comienza a recorrer ese camino.
El maestro ha expresado públicamente la confianza que tiene depositada en Osornio.
Pero el apoderamiento taurino no consiste únicamente en conseguir contratos.
También significa orientar.
Corregir.
Saber cuándo hablar y cuándo guardar silencio.

Enseñar a administrar un triunfo y, quizá todavía más importante, enseñar a levantarse después de una tarde en la que las cosas no salieron bien.
Eso no aparece en las estadísticas.
Las estadísticas dicen cuántas orejas cortó un torero.
No dicen cuántas conversaciones existieron antes de entrar a la plaza.
No registran los consejos después de una mala tarde.
Ni las horas de carretera.
Ni los entrenamientos.
Ni las dudas.
Por eso me gusta particularmente una de las fotografías de ambos.
Curro tiene la mano sobre el hombro de Emiliano.
Puede parecer simplemente una imagen entre apoderado y torero.
Yo encuentro otra lectura.
Experiencia respaldando juventud.
No sabemos hasta dónde llegará Emiliano Osornio.
Sería irresponsable asegurarlo.
La tauromaquia está llena de jóvenes que parecían destinados a convertirse en figuras y encontraron obstáculos que cambiaron sus carreras. También está llena de hombres que necesitaron años para encontrar su sitio.
Lo que sí sabemos es lo que está ocurriendo ahora.
Osornio está toreando.
Está recorriendo España.
Ha pisado plazas importantes.
Ha triunfado.
Ha perdido trofeos.
Ha vuelto a intentarlo.
Y tiene junto a él a un hombre que conoce perfectamente la distancia existente entre ser torero y convertirse en figura.
Durante la jornada de Madrid se habló de cinco siglos de tauromaquia mexicana, de historia, Derecho, cultura, ganadería y del futuro de la fiesta.
Pero entre tantas reflexiones quizá una de las imágenes más sencillas terminó representando algo esencial.
Un maestro sentado junto a un muchacho.
Uno transmite lo aprendido.
El otro escucha, aprende y después sale nuevamente al ruedo.
Así ha funcionado el toreo durante generaciones.
Por eso, cuando Emiliano Osornio dice que quiere “dar esperanza a la afición mexicana”, su frase adquiere otro significado.
La esperanza no está solamente en las dos orejas y el rabo.
Ni en una puerta grande.
Ni siquiera en Madrid.
Está en que exista una generación dispuesta a aprender de la anterior y después construir su propio camino.
Curro Vázquez ya recorrió el suyo.
Emiliano Osornio apenas comienza.
Y quizá por eso la mano del maestro sobre el hombro del discípulo dice tanto.
No sabemos dónde terminará esta historia.
Pero vale la pena seguirla.


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