Por José Manuel Rueda Smithers
El asesor que no sabe leer los momentos
Una Presidenta no necesita asesores que le den la razón.
Necesita asesores capaces de evitarle errores.
Hay trabajos que parecen sencillos hasta que uno comprende la responsabilidad que implican.
Uno de ellos (envidiable sin duda) es asesorar a la Presidencia en México.
No están para llenar carpetas, preparar tarjetas informativas ni encontrar argumentos para responder a los adversarios políticos. Mucho menos para buscar, todos los días aquello que permita golpear al gobernador incómodo, al analista crítico o al político que piensa distinto o al periodista incisivo.
El verdadero trabajo de un asesor presidencial debería ser mucho más difícil: decir qué se sabe, qué no se sabe, qué está comprobado y qué todavía necesita ser investigado.
Porque una cosa es equivocarse en una conversación privada y otra muy distinta hacerlo desde la tribuna principal de la República. Y no digamos en la mañanera del pueblo, que es una vitrina abierta totalmente.
El caso reciente de Querétaro ofrece un buen ejemplo.
La presidenta Claudia Sheinbaum cuestionó públicamente que el gobernador Mauricio Kuri hubiera invitado al embajador de Estados Unidos, Ronald Johnson, a la colocación de la primera piedra de una Academia Internacional de Capacitación Policial sin haber informado a la Secretaría de Relaciones Exteriores ni al Gabinete de Seguridad.
Horas después apareció un oficio fechado el 23 de septiembre y recibido por la Cancillería el 25, (días antes del evento mismo) y en el que el gobierno de Querétaro notificaba la visita del embajador y el para qué.
La SRE confirmó posteriormente haber recibido el documento, aunque sostuvo que éste no planteaba la existencia de un mecanismo de cooperación internacional en materia de seguridad y que el proyecto de la academia requería otro procedimiento. Pifia en la argumentación que terminó convirtiéndose, nuevamente, en un error de respuesta.
Es decir: el asunto presenta aristas jurídicas y administrativas que deben resolverse. Pero hay otro sesgo, quizá más importante para la comunicación presidencial y tiene que ver con el ¿qué información recibió la Presidenta antes de hablar?.
Porque ahí se subraya la responsabilidad de los asesores.
Una Presidenta está sometida diariamente a una cantidad extraordinaria de información: datos oficiales, reportes de seguridad, documentos diplomáticos, opiniones políticas, análisis periodísticos, redes sociales, versiones de funcionarios y, también, ruido. Chismes de aquí y de allá.
Precisamente por eso necesita filtros profesionales.
El asesor no está para confirmar lo que políticamente conviene escuchar. Está para advertir: “Presidenta, esto todavía no está comprobado”.
Debe preguntar antes de afirmar. El asesor debe buscar el documento original antes de asumir la versión de una parte. Debe conocer la respuesta del señalado antes de convertir una acusación en argumento presidencial.
Y, sobre todo, debe entender algo elemental: la palabra de la presidenta no funciona como la de cualquier otro actor político.
Una declaración presidencial produce consecuencias. Se convierte en titular, en posición política, en referencia diplomática y, algunas veces, en conflicto.
Por eso el asesor que solamente sabe decir “sí” puede ser políticamente cómodo, pero es profesionalmente peligroso.
La solución tampoco requiere crear otra enorme estructura burocrática. Requiere establecer un procedimiento sencillo y obligatorio: antes de cualquier señalamiento presidencial, separar con claridad hechos comprobados, versiones de las partes, interpretaciones y opiniones.
Y cuando la información no alcance, decirlo.
La Presidenta no necesita saberlo todo. Necesita saber qué está comprobado y qué no.
La credibilidad presidencial no se recupera ganando cada discusión de la mañana.
Se recupera cuando la sociedad puede confiar en que, antes de hablar, alguien hizo bien su trabajo.
El asesor no está para ayudar a ganar una discusión. Está para evitar que se pierda la credibilidad por una información mal procesada.


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