Prácticamente no hubo figura política que no hiciera un amplio reconocimiento a Cuauhtémoc Cárdenas tras su fallecimiento. Por eso llama aún más la atención que el mensaje de condolencias de Delfina Gómez fuera parco y frío frente a la dimensión de quien contribuyó a abrir el camino para la transición democrática, la alternancia en el poder y el arribo de la izquierda a la presidencia.
Los dirigentes nacionales del PRI y del PAN reconocieron su huella en la historia democrática de México. El mismísimo Luiz Inácio Lula da Silva destacó su dimensión latinoamericana y vinculó expresamente su trayectoria con la generación que desde 2018 gobierna México.
La propia presidenta recordó sus principios, su congruencia y el movimiento democrático pacífico que encabezó en 1988. Clara Brugada expresó dolor y evocó las libertades ciudadanas que ayudó a conquistar. Higinio Martínez sostuvo que el cambio del país comenzó en 1988 gracias a él y reconoció su fuerza moral y calidad humana. Hubo memoria, cercanía y reconocimiento político.
En cambio, la mandataria mexiquense se limitó a reconocerlo como una figura fundamental de la vida pública y la historia democrática, cuyo legado forma parte de las transformaciones del país. Una formulación respetuosa, pero demasiado general, que dejó sin desarrollar lo esencial: cuánto de lo que hoy tiene la izquierda se explica por las luchas del ingeniero.
La candidatura de 1988 al frente de una amplia coalición opositora, la fundación del PRD y la conquista del gobierno capitalino fueron parte del camino que después recorrió Andrés Manuel López Obrador. Cárdenas contribuyó a construir una alternativa política de la que provienen figuras centrales del actual oficialismo.
La omisión pesa más tratándose de la gobernadora del Estado de México, una entidad decisiva por su aportación electoral a la izquierda y con una historia estrechamente vinculada al cardenismo. Aquí también tuvo fuerza la movilización de 1988 y la denuncia del fraude que llevó a Carlos Salinas de Gortari a la Presidencia. Para una mandataria surgida de esa tradición política, había elementos de sobra para una despedida con mayor profundidad y emotividad.
No se trata de exigir afecto personal ni de atribuir intenciones a una condolencia. Se trata de advertir una ausencia: reconocer un lugar en la historia no equivale a dimensionar la aportación de quien ayudó a cambiarla. La izquierda que hoy gobierna tiene una historia anterior a Morena. Y en esa historia, Cárdenas ocupa un lugar que difícilmente cabe en una despedida de trámite.
Las características del mensaje pone en entredicho el criterio de quienes redactan, revisan y autorizan las publicaciones de la gobernadora. Una responsabilidad de ese nivel exige distinguir cuándo una pieza requiere algo más que una fórmula de cortesía. La muerte de una figura de esa talla demandaba conocimiento histórico, sensibilidad y sentido político.
Podrá decirse que era una “simple esquela”. Pero hasta las esquelas sirven de parámetro para medir.


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