Por José Manuel Rueda Smithers
Derrota electoral que no detiene el poder presidencial
La política tiene una particularidad que con frecuencia olvidamos: las elecciones pueden cambiar el rumbo de un gobierno, pero no necesariamente modifican la naturaleza del poder. El resultado electoral en Estados Unidos abrió una nueva etapa para Donald Trump, aunque todavía le quedan dos años en la Casa Blanca. Y eso, lejos de ser un asunto menor, obliga a mirar más allá de la celebración de una derrota.
Los demócratas recuperaron el control de ambas cámaras del Congreso en las elecciones intermedias del 3 de noviembre. Representa un severo revés para el presidente estadounidense y para sus proyectos políticos. También abre la puerta a una mayor fiscalización de su administración, a nuevas investigaciones y a una negociación legislativa que ya no tendrá las mismas condiciones.
Sin embargo, Trump continúa siendo el presidente. Conserva atribuciones ejecutivas, capacidad de decisión y un margen de acción que no desaparece con la pérdida de las mayorías legislativas. El Congreso puede frenar iniciativas, condicionar recursos y ejercer contrapesos, pero no sustituye al Ejecutivo. La diferencia es importante. Una derrota electoral no equivale a una transferencia del poder presidencial.
En medio de la atención que despiertan los resultados, pareciera que una parte de la conversación pública se concentra en lo que Trump perdió, sin detenerse suficientemente en lo que todavía puede hacer. La política, sin embargo, no se detiene en la noche electoral. Al día siguiente comienza otra disputa, con nuevas condiciones, intereses y posibilidades.
Para millones de migrantes, la diferencia no es retórica. Las decisiones sobre deportaciones, controles fronterizos, permisos y condiciones de permanencia no desaparecen porque el partido del presidente haya perdido espacios legislativos. La incertidumbre continúa, y con ella la necesidad de observar qué decisiones se toman y cuáles pueden ser modificadas.
Lo mismo ocurre con las negociaciones internacionales. Los gobiernos que mantienen relaciones con Washington tendrán que ajustar sus estrategias, reconocer nuevos interlocutores en el Congreso y evaluar los márgenes de negociación. Pero seguirán tratando con un presidente que conserva facultades para actuar en el terreno diplomático y que puede utilizar su política exterior como instrumento de presión. Y sin duda lo hará.
Las economías tampoco esperan a que se acomoden las piezas políticas. El comercio, las inversiones, las cadenas productivas y las decisiones empresariales dependen de condiciones que pueden cambiar con una declaración, una medida ejecutiva o una negociación. Para México, cuya relación económica con Estados Unidos es determinante, interpretar correctamente el nuevo escenario no es un ejercicio académico. Es una necesidad.
El riesgo está en confundir el resultado de una elección con la solución de los problemas que la precedieron. Una victoria demócrata puede representar un contrapeso importante, pero no garantiza por sí misma una política migratoria distinta, una relación comercial estable o una disminución de las tensiones internacionales. Para que esos cambios ocurran, tendrán que construirse acuerdos, modificarse decisiones y sostenerse nuevas condiciones.
También conviene recordar que un poder debilitado no siempre es un poder más previsible. La pérdida de respaldo legislativo puede conducir a la negociación, pero también a una mayor confrontación. No se trata de anticipar una reacción específica de Trump, sino de reconocer que los márgenes políticos cambian y que sus decisiones pueden tener consecuencias más allá de las fronteras estadounidenses.
Aquí aparece una responsabilidad que corresponde particularmente a los medios de comunicación. Informar quién ganó y quién perdió es indispensable, pero insuficiente. El periodismo debe explicar qué cambia, qué permanece y cuáles son las consecuenciaspara quienes no participan directamente en la disputa política.
La noticia puede ser la derrota. La comprensión exige mirar lo que viene después.
En México, esa diferencia resulta especialmente relevante. No necesitamos celebrar o lamentar los resultados estadounidenses como si fueran una solución a nuestros propios desafíos. Necesitamos entenderlos, estudiar sus implicaciones y actuar con una visión que no dependa de las emociones de una jornada electoral.
Porque el poder también se ejerce después de una derrota, desde las atribuciones que permanecen, las decisiones que todavía pueden tomarse y las consecuencias que otros tendrán que enfrentar.
La política se cuenta en elecciones. El poder se ejerce todos los días.


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