Por José Manuel Rueda Smithers
El maestro que enseñaba demasiadas preguntas
¿Por qué todo poder teme a una sociedad que piensa?
Porque ningún poder se asusta con una sociedad ignorante.
Teme a una sociedad que ha aprendido a hacer preguntas.
Dicen que existe una escuela donde los alumnos obtienen las mejores calificaciones de la región.
Las autoridades la visitan constantemente.
Los informes hablan de avances históricos.
Las estadísticas siempre sonríen.
Sin embargo, hay un detalle que casi nadie observa.
En esa escuela cada año se escuchan menos preguntas.
No fue siempre así.
Hace mucho tiempo, uno de sus maestros tenía una costumbre que desconcertaba a todos. Cada vez que un alumno levantaba la mano para pedir una respuesta, él respondía con otra pregunta.
– ¿Y tú qué piensas?
Al principio los estudiantes se desesperaban. Querían memorizar, aprobar el examen y seguir adelante. Pero el viejo profesor insistía. No enseñaba únicamente Historia o Literatura. Enseñaba algo mucho más difícil: enseñaba a pensar.
Un día llegó un nuevo director.
Era un hombre eficiente, enamorado de las estadísticas.
Reunió a los maestros y les dijo:
– Tenemos un problema. Los alumnos preguntan demasiado. Cada duda retrasa el programa. Cada debate consume tiempo. Desde mañana enseñaremos únicamente lo indispensable. No aquello que haga pensar, sino aquello que permita avanzar.
Los cambios fueron inmediatos.
Desaparecieron los debates.
Las lecturas largas fueron sustituidas por fragmentos.
Las respuestas correctas comenzaron a valer más que los razonamientos.
Los alumnos mejoraron sus promedios.
La escuela celebró.
Nunca había registrado índices de aprobación tan altos. Hasta que, una tarde, el viejo maestro pidió la palabra.
– Director…
– Lo escucho.
– ¿Estamos formando estudiantes… o personas que han aprendido a repetir?
El director respondió con serenidad:
– Nuestro trabajo consiste en prepararlos para el futuro.
El anciano sonrió.
– Precisamente por eso hago preguntas. Porque el futuro nunca premia a quien aprendió únicamente a repetir lo que otros dijeron. Premia a quien se atreve a descubrir aquello que nadie había preguntado.
Con el paso de los años, la escuela siguió acumulando reconocimientos.
Sus alumnos respondían correctamente los exámenes.
Pero cada generación parecía un poco menos curiosa que la anterior.
Hasta que alguien encontró, escrita con gis en un rincón del viejo salón, la última lección del profesor:
«Educar no consiste en llenar la memoria de respuestas. Consiste en despertar la inteligencia para formular mejores preguntas.»
Quizá por eso los poderes de cualquier época sienten tranquilidad frente a una sociedad que sólo repite.
Las preguntas son incómodas.
Obligan a explicar.
A justificar.
A reconocer errores.
Por eso ningún poder teme realmente a la ignorancia.
Lo que teme es una ciudadanía que ha aprendido a pensar por sí misma.
Porque quien acostumbra preguntar también aprende a contrastar, a investigar y a desconfiar de las respuestas fáciles.
Tal vez el mayor desafío de nuestro tiempo no sea mejorar las estadísticas educativas.
Sea recuperar el valor de formar generaciones que no tengan miedo de levantar la mano y preguntar:
—¿Por qué?
Porque una sociedad empieza a perder su libertad mucho antes de que le prohíban hablar.
Empieza a perderla el día que deja de enseñar a sus hijos a pensar.
Una confidencia antes del final:
Mientras escribía esta historia, sentí que el viejo maestro seguía dando clases en miles de aulas donde todavía existe un profesor dispuesto a responder una pregunta con otra pregunta.
Entonces entendí que la educación nunca ha consistido en llenar cabezas de respuestas.
Su verdadero propósito ha sido, y seguirá siendo, despertar inteligencias capaces de formular mejores preguntas.


0 comments on “Cultura Impar | El maestro que enseñaba demasiadas preguntas”